Silvia Guerra

Muestra poética

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Todo comienzo lugar
(2016)

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1-

Venía obstruyendo desde atrás en demasía
adentrando ese tiempo que se agolpa
en lo blando de las articulaciones. Y así
por el camino en bicicleta entre los ceibos
así, en el empedrado y la mañana.

Estaba un poco más allá la fuente el
surtidor, los topacios guardados de la
fragua del viento, los anillos que quedan
de cualquier extorsión. Sin embargo hay
un hilo que la busca, un tiento debajo de
las lonjas apiladas y que la luz transmite.

Quedan las piras, una sobre otra, el alto
pelo para la tarde próxima. Esta mañana
la luz filtra en las hojas y la tarde modifica
sus tallos. Una granada presa en grutas toscas
muda la materia reciente en una gloria verde
atiborrada entre la clorofila.

Es mejor el resguardo de esa hora que confunde
en las sienes. Recogerse.
El silencio es mejor. Vale la noche, reiterarse
en las ventanas removidas y ser
en ese instante luz en la pared
siguiente. Contra la nuca todo lo que resta:
posibles espasmos en las hojas
el halo desprendido de emoción.

Asciende trabajosa entre pausas y hiatos
ahogando estridencia y mediodía poniendo
trapos a los celos, proyecta cabelleras
esparcidas, atónitas, pero el rumor persiste
crea un submundo crece apenas. Espacio para
moverse desde el pálido papel hasta el sitio
en que la carnadura de la voz va al recinto del asma
y un todavía puede insinuarse, Aún,
rozando el baso enroscando en humo
anfibios que caen en la maraña de la noche
liban ahí, entre el olor y el sueño.

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2-

No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento
o es del pasmo, Nunca sabrá el olvido lo que cubre.
Balanceándose como un vestido de verano en la azotea
insinuaba opulencia en el verde, advenimiento
de lo casto produciéndose, océano desde sí
más a la espuma. Recorría la costa buscando
entre las rocas veletas animales del plancton
partículas de seres que la noche ilumina. Hasta
ahí, el canto era otra cosa.

Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta
aplasta lo que emerge. El mar como un fondo o apego
algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes
de cielo, esos recortes de la costa en las desembocaduras.
Hay un borde en el que crecen pinos que perfuman
el viento. Una superposición de mareas, una alborada
saca polvo del astro: debería el tiempo respetar esas cosas
y las líneas dibujarse en otra dimensión.

Cables trenzados, rayas que no cesan.
Las mujeres se agolpan. Los vestidos
se achatan, quién quiere remontar esa subida,
si son monos famélicos que desde la cima
tiran piedras. El traje en la ventana se ventila
y guarda, entre las fibras, las temperaturas de la brisa.

Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.

Puede ser que se anime, o que no le convenga.

Como esas rutas que atraviesan los campos, es
el mismo campo compungido atravesado por la
estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, agua
en baldes de lata, remansos en la sombra.
Lo que queda de ahí es viento amable que a veces
trae perfume de fruta, de hojas de limonero, de
árboles de duraznos agrupados. Así la medianera,
así el silencio de la distracción y la distancia.

Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que
lleva de otro modo la minucia. Y se desprende la
blusa en la frescura del color violeta. Pasa la luz
y filtra lo que el sol dejó en la fruta, más
perfume viscoso, el tiempo apremia.
Sólo el alrededor que queda en los
cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.

Arma la rama que dice sólo Ahora.

Los vegetales se deletrean entre los dedos.
Las yemas que apaciguan al tacto del socaire.

A la textura de su crecimiento.

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30-

Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día
Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos
de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.
Aparecen membranas mientras va cantando el día
Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín,
olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto
en su raíz. Sí, Olor del miedo cuando joven la grupa
por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones,
los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra
en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de
la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo
pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve
los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es
la unción de los pezones incipientes un día, raya, la foto
mantiene la espalda en presente infinito frente al agua.
Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el calor.
Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las tablas
donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor,
los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral,
un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No
hay resultados, todo es,
al mismo tiempo.

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32-

En la otra punta de la línea se balancea la impotencia
Pero en medio está todo. Pugnando por su forma imposible.
Acumulándose en el producimiento interminable. Se huele
se oye el ruido de fondo que acelera su pulso. Emerge
de los sueños mezclada con la niebla en jirones, crujiendo
de asombro en la penumbra. Acunada, y el diálogo
amoroso que descansa en la paz del laurel. Preferís el mes de
tierra removida como marca el recuerdo y esa voz
que se escucha en los andenes de alta velocidad repite
no te creas– no te creas–
no te creas– no te creas. Se sostiene porque la sola vida la sola
manera de estar vivo ha dictado esa cifra. Que gotea en
la especificidad del tramo. Aparece en los ojos la perdición
justo cuando la enfermedad daba la vuelta.
La proyección tira del halo más allá. Que jala. Ya nadie sabrá nada.
Solamente retumba la voz de los andenes al compás del zumbido
Y parece que dice Chajá! Chajá! Chajá!

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Pulso
(2011)

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Ojo de agua

En el campo tranquilo duerme el alba
está tu nombre ahí merodeando la sombra
como eco rozando con la vara los metálicos
mimbres que en ramalazos traen estrías de
luz en el rielar quietísimo del agua recostada
en las hojas de los álamos dulces. Llega hasta
aquí como la misma sombra y al músculo
enaltece sin nombrarlo, otro golpe en el pulso,
finísimo ramaje enardecido, algún pájaro canta
o gorjea, lejos– avisando– agorero. En algún sitio
empieza la lluvia, deliciosa.
Y cuando el blanco del albor tiña las líneas
y suene entre las hojas el aire del estanque
es Alma, estremecida pronunciando
mi amor la sola línea. Sin pájaro
Tu nombre.

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Presunción del cielo

Las ramas secas, negras del invierno visto en la velocidad
corren de canto, ven hasta aquí a beber
gotas traslúcidas sobre las hojas frescas
ven hasta aquí, y trata de que encienda ese pabilo.

Si vienes de la cima tarareando, capaz que puedo
Verte, capaz que de vuelta encuentro en el recodo
el ojo de agua subsumido manando entre las hojas
de los álamos y hay un nido que canta entre los sauces.

Pero no. Claro. Clara el agua se vierte sobre sí y se hunde
Manantial a sí misma, agua en el agua.
El hoyo central es el del viento. Ni tú ni yo
Podremos detenerlo, ni tú ni yo, ese aniquilamiento.

Enjoya el espaldar, sabes que el agua también tiembla.
Llevaste el Alma altísima hasta allí, que me retumba
Toma, y canta

 

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Gratitud

Respiremos entonces desde el cerco
cada cual a su sombra
a su pavor. Los círculos se cierran
en sí mismos, y eso puede ser
el solipsismo. Está el camino real
que baja de la cima escalón
a escalón, y la sentencia de no
poder jamás,
con nada. Vencer sobre la gruta,
un hito, y vencer
es una cosa más del mundo, es un instante
para volver inmediatamente al punto cero,
al blanco en que se puede pintar lo que se
quiera; al blanco,
para decir, el cero.
Está la hormiga negra o roja,
sin embargo, que avanza sobre el tronco
podrido. Está en la balacera de la especie
y la tonada empieza
«El rey es un tipo de clase
ordinaria…» y sigue. Y puede ser. Y sí.

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La Ofelia de Millais

…………………………………………..Para Elías Uriarte,

…………………………………………..Para Verónica D’Auria

El tálamo es un agua oscura y verde que parece que tiene transparencia. Aquí yace la bella entrecerrados ojos que dan cuenta de un vidrio milenario. Las flores esparcidas por el agua están tan frescas como si estuvieran vivas, y no se aprecia bien si algunas de las floridas ramas no caen de los arbustos de la orilla. Hay piedras en el fondo y el vestido se borda dorado con ramaje y con borlas que también son flores empastando el entorno de una inigualable primavera. El verdor se trastoca hacia un azul de Prusia leve, como bajo, que campea por la escena dando una pátina de aire oscurecido. ¿Qué hora será en esta descripción? La luz, oblicua sobre un sauce, también tiñe unas varas acuáticas y el rostro de la muerta envolviéndolo todo en una atmósfera extendida hacia esa misma luz, que lo ilumina. ¿En qué momento suspendido de hojas y de flores y de rostro expuesto se expone esta visión? El rostro de reseda, los labios entreabiertos, los ojos leves, las manos hacia arriba de palmas extendidas. Hay un ligero corte en la línea del brazo que sobresale de la línea del agua. Las palmas extendidas de ese modo, ¿piden, esperan recibir, preguntan? Metálico el vestido –de oro recamado– el pelo extenso a ambos lado del cuerpo que empapado se esboza y sobresale en partes: el rostro, tan de seda y de cera por el que todavía campea un color, un rubor de la vida una minucia de aire entre los labios, el blanco cuello, el torso hasta los senos insinuados; la cintura la pelvis, se pierden bajo el agua. Y sobre las piernas vuelve a flotar el vestido –un poco inflado de aire y agua, se confunde con fondo o con orilla sobre el oro crecen hojas y unas rosas abandonadas de guirnalda. Hay una comunión entre la luz, las hojas y las flores, Ofelia muerta –las manos hacia arriba, los ojos y la boca entreabierta– el agua. Hay algo de expectante que se extiende e inquieta por la luz y la pátina del aire, por lo vivo y lo muerto, por el instante en suspensión que se ofrece y la fuga pertinaz del que el entreabierto ojo da cuenta.

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Silvia Guerra. Maldonado, Uruguay, 1961. Sus últimos libros de poesía son: Todo comienzo lugar (2016); Pulso (2011); Estampas de un tapiz (2006). Nada de nadie (2001) y La sombra de la azucena (2000). Su autoría se encuentra en trabajos como: Conversaciones Oblicuas / Diálogos entre la cultura y el poder; los libros de correspondencias: El ojo atravesado I. Correspondencia entre Gabriela Mistral y escritores uruguayos y El ojo atravesado II. Gabriela Mistral entre los uruguayos; Fuera del relato. Una biografía aproximada de Lautréamont, (2007). Seleccionó y prologó El río y otros poemas de Amanda Berenguer para la colección de Clásicos Uruguayos (2011). Compiló y editó la edición crítica de la obra reunida de Nancy Bacelo El velo magistral que esconde todo. Coeditó con Mariela Dreyfus Juan Parra del Riego, Poesía completa (2013). Recientemente editó Historias de un pueblo que dejó de serlo (2014) tres pequeños relatos para chicos a partir de hechos históricos de Maldonado (Uruguay). La selección de poemas enviados a la redacción de POESÍA pertenece a sus últimos libros Todo comienzo lugar PulsoLa imagen que ilustra a este post está basada en una fotografía de Paola Scagliotti a la autora.