Retratos de la sala

César Seco

La poesía a través de la poesía

Es posible que el verdadero homenaje que pudiera hacérsele a la poesía sea el de leerla desde la misma poesía, interpretarla desde la misma mirada sensible que requiere el escritor para poder ser asimilado. Si bien es cierto que esta requeriría de una interpretación, debería ser también aprehendida no sólo desde un logos, sino desde su propia dignidad estética, con todos los códigos que la constituyen desde el mismo instante que surge de la voz interior de quien la articula, para plasmarse en el lenguaje escrito y ser otra vez «descifrada» por el lector, quien a su vez ejercería el rol de demiurgo cuando desea desentrañar los sentidos (o sinsentidos) que la conforman, tanto desde el punto de vista formal (los signos de la palabra escrita que han atravesado la mente, el espíritu o el intelecto, incluso la historia) y el momento en que es aprehendida (por la cultura, la tradición, la sociedad, la comunidad, el individuo) lo cual comportaría, a mi modo de ver, el proceso más complejo de cuantos acaecen en los espacios de la cultura, por tratarse justamente de la naturaleza de un lenguaje cuya pluralidad cognitiva, –y desde su aparente fragilidad– comporta quizá la mayor comunión entre los seres humanos, y ojalá no esté exagerando con esta afirmación, pues significa verse en el otro, reconocerse en el semejante (en un proceso muy similar al de la religión); cuando se lee poesía se lee, por ello mismo, en la otredad, en la realidad visible y en la realidad presentida, en el mundo constituido y en el mundo por aparecer, el mundo que se forma frente a nosotros cuando ejecutamos ese acto de desciframiento.

Este complejo proceso de comprensión es justamente el que ha llevado a cabo César Seco en estos Retratos de la sala, al aproximarse el mundo de los poetas mediante la propia poesía: ha visto dentro de los oficiantes y nos ha transmitido esa experiencia, esa celebración íntima. Lo ha hecho con un procedimiento en sí mismo lírico, es verdad, pero se ha cuidado de mantener la distancia suficiente para no incurrir en el homenaje, en lo circunstancial, en el recordatorio típico; su materia poética estaría en todo caso evaporada por la propia voz del celebrante cuando éste se empina y comprende desde la obra del otro, y se hace presente desde el mismo instante que invoca el mundo de cada uno de ellos.

Y aquí me detengo. No desearía que este breve prefacio se consumiese en un texto especulativo, de mero juego verbal. Puedo indicar, sí, que se trata de un ejercicio harto difícil y poco común entre nosotros, por todos los riesgos que éste encubre, riesgos de los cuales me parece que César ha salido no sólo airoso, sino que ha logrado en este libro un texto bastante compacto y expresivo, donde da cuenta de un soberbio repertorio acerca de sus autores más entrañables, de la pasión que ha despertado en él la poesía desde el mismo instante en que la conoció en su juventud a través de su primeras lecturas, y ha persistido en este ejercicio del verbo superior durante toda su vida, como en un acto de entrega con el que ha otorgado sentido a la mejor parte de su existencia.

Gabriel Jiménez Emán

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Elías David Curiel
1871

Bajo este sol multiplicado
tú asciendes por un hilo.
Tú hilas el nombre de aquél Elías
que en La Palabra es nombre.
Vidrio del vuelo está en la sangre.
El trueno mi corazón espiga.
Tú socorres numerado
el peso de tus faltas.
Tú te sueltas pájaro en helecho.
Fuego azul gasificado
éste por el cual te invoco.
Una señal mi mano erige
para que vuelvas a tu llama.
La rosa en la boca el pan encuentra.
Diamante a tus puntos blandes.
Cubil de éter. Sal de cielo ondeado.
Convengamos eres tú el remolino.
Pie de tela. Oído extraño.
Tú el astro suspendido de la soga.
Convengamos Cábala tu número.

 

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Isidore Lucien Ducasse
Conde de Lautréamont
1846

Aparece en una esquina de la página
sostenido por el humo del tabaco.
Se detiene aspirando vocales
y expirando consonantes con un silbo.
Una esdrújula emoción se le vuelve
pensamiento: su mano cala hondo
en el suave temblor del pantalón.
Lleva un rostro acontecido de rayos
que van surcando el blanco de la hoja
y de vocablos encenderla.
Le veo en el instante de guardarse
la libreta en el saco verde alga
Toca su corazón. Le pide que apaciente
el deseo que todo lo triza y lo devora.
Le he visto (antes de esto) dibujarse
con palabras, decir lo que le circunda:
gusano de tinta milagroso. Imágenes
que no cesan de aparecer y desaparecer.
Le he visto volverse atrás de espaldas,
gendarme alquímico moviendo sus
manos en el aire: yo borrado en
un breve zumbido que hace luz
a un tierno y cruel pan desmigado.
No espera haber dicho otro algo
que lo no dicho apenas pronunciado.
El poeta sale por una esquina hacia
la calle que lo circunda, a vuelta de
hoja por el enlozado se dispara,
sigue la noche su ascendente sombra.
-¿Eres tú Maldoror?-, pregunta mi pupila
ocupada por tu espanto. Responde
el neblinoso diluir de la penumbra
en ese pliegue de la Nada que asevera:
Estás ahora en otro entorno de la página.
El orbe constelado de cifras se sacude.
Se hunden tus dos alas en el lodo.
Aniquilada voluntad de pájaro
en la piel subversiva del muchacho
Querube metamórfico de enfebrecida
mirada de cangrejo, insolente excitación
letánica, líquido quebranto palabreado.
La maquillada palidez de tus arrugas
trueca en ofrenda, grito ahogado.
El pulpo aprehende con ventosas lo
que la tinta fija en un claro.
Abandonas la página despacio, el
argumento socava el mal, lo desnuda,
bella provisión entre las piernas.
En la mesa, esbelta piedra o pan letrado.
El vuelo del águila es la promesa.
Otra lectura: la página se escinde en el
espacio y la anonimia del paisaje es
olvido. El recorrido vuelve a ser el
blanco de la hoja, se nos da sin una letra,
todo silenciado.

 

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Georg Trakl
1887

………………………………………………………Gewaltig ist das Schweigen im Steim*

Las palabras pasan, sombras bajo la luz
que se apacienta en la mesa.
Heme aquí sin miedo a estar solo.
Pan diurno y pan nocturno.
Sólo de mí él puede hablar,
pero hablar puede lo que no habla.
Que no se me entienda es ya devolverlo
a la harina de la que debe ser.
La ventana no la abrí yo.
Dile a mi frente quién.
Todo distinto no deja de ser lo mismo.
Blanca noche en blanda piedra.

………………………………………………………*Majestuoso es el silencio de la piedra

 

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Rafael José Álvarez
1938

…………………………………………….a Eugenio, su hijo, en jazz

Ya en la luz
lo invisible llega a sus ojos
con la moderación
que le asistía
cuando el polvo del patio
lo traía íngrimo
a las primeras líneas
donde se posaba
el colibrí.

Tras sus pasos
los indicios del follaje
detenido por el breve lapso
en que la nube le decía
por dónde el ojo de agua
engulle a los hombres
diminutos de ocre
fieltro.

El viento le hacía
volver a la puntuación
antes que tras la puerta
alguien moviera la aldaba
y las mujeres de casa
pronunciaran
avemarías clarísimas.

Avanza a duermevela
hurgando la pupila del gallo
donde unos relámpagos
escarban la osamenta
de ese alguien
que no ven
pero está,
nunca ido.

Ha oscurecido en la hoja
del cuaderno y la abuela
acude al charco
a dialogar con los difuntos
familiares.

Por una hendija
del sueño él sale
del poema.

 

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José Kozer
1940

Me lo presentó Jacobo Sefamí
Ocupemos su espacio en la casa.
dejemos sitio en nuestra voz para que nos oiga
decir quién es este pelirrojo rezando el matutino.
dando lugar a la oración como lo da en las carpetas
numeradas con los miles de poemas.
Su ambición es una: todo el vocabulario.
Como judío entiende que la voz del Señor
es una sola, pero ve a todos lados.
como cubano se sabe rodeado por todas partes
de un mar de vacío y de genética.
una boca con varios idiomas.
una voz con una sola lengua, no obstante
no llenar del todo eso que lo apremia desde niño
cuando amanecía orinado en la cama.
El Libro Santo lo es por deseo mayor del Padre:
dar nombre, propósito y consecuencia a lo Creado.
Imaginación nunca disociada de Espíritu
es pues su desayuno: el dintel de la puerta
con su sangre familiar interrogada:
la estrella de David, sus puntas de Gloria
y Promisión: el Árbol: sus dos ramas principales
vistas en un plato de sopa cotidiana: legumbres
y verduras, uno a uno sorbidos con la cuchara
los parientes, tal la vuelta y vuelta que daba Proust
a la magdalena en el recipiente cristalino.
Lo importante no es el verso cincelado sino
la materia nutricia de su fuerza. que lo Bello
sea expuesto con crudeza no lo hace menos bello,
la belleza de un rostro está en la armonía del conjunto.
Lo sabes tú: la devoción en busca del poema.
Isaías 24.6: «Por tanto como la lengua del fuego consume
las aristas, y la llama devora la paja, así será su raíz
con pudrimento, y su flor se desvanecerá como polvo».
Por lo que, escrito lo pedido por presencia, te dejo
al pie de éste una intención de Zen algo naïf
que espero te guste sin deshonrar lo dicho hasta ahora:
Viéndote cocinar tu arroz universal en tu retozo de parlar
sílaba a sílaba, palabra a palabra de continuo, dígome:
Más que órgano la lengua antecede al Paraíso.
Un panal en el instante para una abeja revoloteando.
La muerte sólo sabe morir de ella. Dime que no es hoy,
Padre cielo que estás en lo nuestro.
Un poco de soledad, caballero, hace falta-.
dices tú por si el zumbido de las moscas antes del café
retinto y carretero a la mesa con Guadalupe.
Sentémonos que llegan Kafka y Blake,
prestos a oír a Jacob Böhme decir que esta mañana
Dios es uno (también) y que nada en el Universo
es jamás dos veces y hasta un acento
ocupa su solo lugar entre las ondas.
El principio del Verbo es el Principio.
Tú sabes a qué me refiero José.

 

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Blanca Varela
1926

1
Atrévete a renunciar al espejo
y te crecerán alas, fangosas alas,
deseosas de alcanzar la luz-.
(Nítida a tu oído habla el Alma).

2
Cada palabra un doliente puñal.
Trozo de noche en la claridad.
Lo que no has sido estás siendo.
Tu íngrimo fantasma otorgado.

3
Niña a tientas tras su lengua.
Hablando sin recato a la muerte,
dando voz a un amor sublevado.
Alcanzada sombra, toda luz.

4
No es fácil al silencio responderle
su pregunta y al unísono oírla en
el canto que escruta la lumbre
secreta de su misterio develado.

5
Ir y volver por los intersticios
de la memoria, así la piedra y su
temblor en tu verdugo ojo, todo
eso de lo que tu ángel nos habló.

 

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Rafael Cadenas
1930

(en su voz)

Yo no quise ser Yo. Me debo a otro.
El poema me busca, pero antes debo
borrarme. Me preguntaron: ¿Qué
recomiendas a los nuevos roedores?
Y respondí: Lo contrario a la
egolatría, al engreimiento y la arrogancia.
El cuchillo está ahí para tomarlo
y el corte debe ser preciso.
Sin dioses ni diosas me asisto
en el mensaje. La soledad se sienta
antes que alumbre el blanco de la hoja
y el árbol respire mudo.
¿Podemos seguir cortando la hierba?
¿Podando según indique la luna?
Afuera, entre un adjetivo y un sustantivo,
arrasan con todo en el festín. ¿Debo reír?
¿Quién cuida del saqueo a la lengua?
Hoy me duele más el silencio que el grito.
Hoy sólo soy un gestor entre mi voz
y la de ese otro que me aguarda.
Encontrarme ahí, donde mis ojos aprendieron
a hablar y, éste, mi rostro, se compunge
sin apartar el Sol.

 

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César Seco. Coro, Venezuela, 1959. Poeta, ensayista. Miembro de la redacción de POESIA, y de la directiva de la revista Imagen, del Centro de Estudios Literarios Rómulo Gallegos. Ha publicado los libros de poesía: El laurel y la piedra (1991); Árbol sorprendido  (1995); Oscuro ilumina  (1999), Mantis  (2004), El Viaje de los Argonautas y otros poemas (2006), Lámpara y Silencio. Antología poética (2007);  La playa de los ciegos (2014), El poeta de hoy día (2014) y Retratos de la sala (2017). Por El Viaje de los Argonautas obtuvo el Premio Nacional de Poesía de la Bienal Ramón Palomares (2005). Colabora en divesas revistas digitales, entre ellas Agulha (Brasil), e Hibridos (Venezuela).