Pedro Serrano

Poemas inéditos

 

Dundling en Dundee

Trote trote,
traca traca
sube la cuesta
‘cia Perth.

Cresta al río,
loma el día,
las miniaturas
a Perth.

Petimetre,
triquiñuelo,
truena el camino
de Perth.

Y ya casi
la cuneta
cambia de rumbo:
no Perth

sino el Tay Bridge Bar
para celebrar
después de ir al Houff,

caballo fantasma,
tumba que retumba,
Frida y Michael Marra

—sin Perth:

en el Tay Bridge Bar
Bill Herbert y yo
con un par de bitters
brindando los dos.

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THE HARD LANDS
(pedregalidades)

Como si se desdoblaran
mis dos hijos
desde las cumbres altaneras, papel de china,
cada cual hacia su propia naturaleza.
Rocallosas altivas y recientes,
cadenas jóvenes y riscos en crescendo,
labios, raíz, roca, miradas,
valles y peñas cada vez más en lo que son,
tan en su norte, trote que trote, por esos montes.
Crecen pinares en fila pelusilla de labios
por la pared de sus montañas.
Trepan unos con otros reconviniéndose
tras tan altos escollos, cabrillando.
Desde ahí dejan caer peñascos, pedregales,
regalos y prodigios por la ladera,
hacia la suavidad dulce el arroyo.
Se interna en sus bosques con aprehensión,
paso a paso,
con cuidado.
En tan altas regiones la basura que echemos,
pepitas de manzana o latas de cerveza,
tardará en regenerarse.
Hay que subir a sus alturas para volver a ver mundo,
ríos explayándose en la vastedad,
la altanería cetrera del incipiente gesto,
rápidos y prontos de agitación.
Por sus articulaciones corren lobos, ruedan osos,
merodean los zorros y el puma.
En tales ocasiones no hay que salirse del camino,
no hay que apostarse a veinte metros,
no hay que perder el norte y la vista,
no hay que acercarse a sus barrancas.
Una vez pasado el desfiladero,
es casi cosa de cada uno recorrer esas sendas,
tales veredas y aspiraciones,
y caer en el deshielo cuando toca
y seguir recorriendo
a pesar de la dureza, el despojo,
la impavidez y sus improvisaciones,
lo que ahí susurre
prodigalidades.
No se es más que el campo que nos toca recorrer.

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Barrena

En un trompo enredado,
horadando la piedra o la madera, honradamente
sacando aserrín de las vísceras,
rebaba y virutas del trasroscadero.
Se adentra en su falta, tembleque,
se aquieta de temple, se tiende
en tentativa atenta, ácido
falsete.
Se hace bolita, rueda,
ocupando, sibilando, echando aire,
expuesta a todo en el afán de escape, puf, puf.
Respira húmeda en hosca oscuridad, en el roscal.
Verde de sorna inconmovible,
sus miles de patitas expuestas,
su aliento pululando filamentos
mil ventosas al aire, hurgando, huyendo.
Por la boca tragamos,
muere el pez, dice la boba, glop, glop, glop.
(Todo
……..debe
………….deten-
………………..erse
……………………en la ex-
……………………………pecta-
………………………………….ción.)
Nada de grumos, nada
de grupa,
nada de lodo. Expulsada,
sale al aire la rosca.
Sale sin alma con lo que sabe al aire,
ronquido, rechinido.
Riente se vuelve o se revuelve,
escarabaja o cochinilla, bueno…
Savia en recorrido árbol abajo,
raíz vuelta de cajón arriba,
hojas al viento en torcedero.
Déjate llevar, mécete
en rumba vegetal, animal,
haz de salir.

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Growing up

Tiene que ver con eso, ¿verdad?,
con la ventaja,
lo que dices ayer y cae mañana,
el terregal que se desprende y nos deforma
el camino, el envés, el destierro. Habla.
¿Qué queda del pantano
invadido de coches, de chatarra?
La vuelta al círculo de la propiedad,
el deudo, el habla empedregada,
el páramo.
(Decíamos vocales y aritméticas.)
Crecerían
los horarios y las deudas,
lo por hacer,
el sobrentendido y lo sobrestimado.
Mi estimado.
Llegamos todos.
A partir de aquí el nudo cambia.
De desalambrar pasa a lo pasado
a estirar, tensar, poner a prueba,
tumulto de salida,
barranquillas.
¡Puaj!

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¿CÓMO VIAJA?
(con el ultimo cuadro de Paco Icaza)

Como viaja el viento al elevarse
por encima de las espigas
prendido de la espuma
y el cielo alto que oprime.
Todo arriba se extiende en pardos, y ante eso
contra la inmensa muralla
saltan chispas alzadas en última gracia,
minúsculas fogatas atendidas de luz.
En el plano de la alabanza el agua ajusta
mansas simas urdiendo desde abajo,
mareas del azul contenido,
hilos de filigrana. Electrizado,
cava dentro de sí una pujanza,
prieto  a salir, el mar.
En el centro la luz, la alabanza, fuego blanco,
un haz de voluntad que nos levanta
revienta en puro centro
corazón a la vista.
Golpea la furia azul y blanca,
fuego albo de pentecostés
en el que todos somos lajas y virutas,
astillas atascadas en agua y vida,
tensas cimas acomodando amor.
Un chispazo, de qué mano, de qué manera
logrose asir así, insistir ahí,
agua al viento y color y luz y esperanza, asirnos.
Dejose caer en brazos,
acabado movimiento,
agitado reconocer.
Pulió el viento de cielo, de levantad vastedad.
Puso lo que quedaba a florecer,
piedrecillas poblando la suave superficie.

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No es de sorprender

Una estrella en el animal dormido
sube y baja.
Colectiva como la respiración,
la pesera, el tránsito opacado y criminal.
—¿Dónde queda el culpable?
Bajan y suben los bonos, los pagos,
alzan el lomo hirsuto los asiduos
a las comensalías, al jugo mismo, al caldo.
—¿Dónde se cuece el mal?
En el dedo índice sin melancolía,
en las vísceras expuestas como pescado,
en la amañada comezón de los pies
de tales jueces, sudosos, sudokis, equis…
Es de sorprender, dícese con sorpresa,
cómo el escándalo, la voz alzada,
los desgarros y las vestiduras,
vienen de aquellos, los mal cocidos.
—¿No éramos (o eran) entonces los predestinados?
Sí, desde afuera visto el amasiato, el vituperio, el verbo inflado, la taimadura. Soplones.
El cerdo sube como pez globo, goteando, escurridizo, votado.
¡Qué indiscretas maneras, el modo
de hacer daño y salir como si nada!
Nos lo propusimos, dicen. —¿Nos lo?…
No hay cuadratura para este cúmulo virtual,
para este círculo de grasa,
química orgánica, asco.
Una respiración se alza y renueva
la manutención, la asistencia,
el tú con el otro.
Una respiración y las ganas de
no ceder,
de arrejuntar el caldo y el jugo y la grasa,
y acercarla a los labios del desdén
y darles de comer, ¡pitanza!
y que se vayan.

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Berwick

Se levanta una polvareda de pájaros
en el campo apenas resembrado.
Rastrean el alimento, orbitan en un presente
subyugado. Firman parábolas y planos curvos,
picotean. En el codo de la colina
se asienta el pueblo. Planea
sobre el brazo de mar que lo acuna.
Da de comer a las gaviotas y a los perros.
Mira hacia el otro lado como si esperara
años de invasión. Una fila de árboles bajos,
como corderos, otean el horizonte.
Las ovejas en cambio echan raíces
y brotan algodonales
en apretadas frondas blancas.
Las vacas son cuajos pardos en los pastizales.
Aquí atracaron las olas de la latinidad y la germanía.
Abajo pasa el Tweed, nadan los cisnes
como si cualquier cosa desde siempre.

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Dark ages

El tigre salta
de la humareda a la fugacidad.
Cae en el aplastante corral con una pereza
que alude a la prisa de sus victimas,
no a su elasticidad.
Pasa rozando las rejas de su jaula
meneando la cola, golpeteando, taq’, taq’, taq’, taq’.
Restallante lame las arenas del circo
y levanta espejuelas de polvo,
huellas de una estela aproximándose.
La razón de su observación
viaja en el suave ritmo de su vientre,
afelpado, glotón, elástico.
Da vueltas a los espectadores,
las orejas prestas, su olfato
en la agitación que se respira.
Pasa propicio por las mesas,
se enjundia, se estiliza.
Sume la cabeza entre los hombros,
crece en el riel que lo circunda.
Deja las uñas puestas
en el cuerpo animal que lo acecha.
Desde el espejo del mediodía
se apuntaba el final de la noche,
beatífica, hierática.

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Bonampak

En el desierto de Atapaca
salido casi de una de las respuestas que desestiman
o deslían el recorrido guerrero de Bonampak
todo concentrado de nuevo. Llegados
con la seda del cuerpo arremangado y sonriente
por el camino al río
Huacapa arriba y pedregoso
como si se dirimiera.
¿Qué servías ebria de carne y dientes,
peces y pecas, infancia en el arma y el cuero,
atenuamiento?

El vegetal del tambor pica a retina,
retumba una paz extraña antes de la batalla
como un videojuego abriéndose en canal
todo a la esfera.
Rumian cada uno lo que sucede, espectadores.
Duermes en unos brazos en el atrevimiento, el descubrimiento,
los veinte años siendo tuyos también, a deshora,
despertando, atreviendo.
Todo está a la espera entre la desilusión y el acontecimiento
que no llega, como la lluvia que no llega. Y cae.

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Pedro Serrano. Montréal, Canadá, 1957. Sus libros de poemas son: El miedo (1986), Ignorancia (1994), Turba (2005), Desplazamientos (2006), Nueces (2009) y Cuentas claras (2014). Sus libros de ensayo son: La construcción del poeta moderno: T. S. Eliot y Octavio Paz (2011), y DefenßaS (2014). En colaboración con Carlos López Beltrán hizo La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas (2000) y 359 Delicados (con filtro). Antología de la poesía actual en México (2013).  Ha traducido también King John de William Shakespeare e Iluminen la oscuridad de Edward Hirsch. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores. Actualmente es Editor del Periódico de Poesía de la UNAM y Director del Centro de Traducción Literaria de Banff en Canadá. Enseña en la UNAM.