Los Palos Grandes

Carlos Egaña

 

En Los Palos Grandes una voz se construye, multifónica, y en su polifónico arbitrio lo hace contra toda eufonía. Carlos Egaña se inaugura como poeta con este libro donde destilan muchos sujetos y una Caracas de trancazos, emes amarillas y mareas rojas; una versión cruel del presente y su esperanza reflejada en una máquina de sueños; los obsesivos ritos de una generación del milenio —en estado de pérdida— y aún sus salvíficas ceremonias de afecto. Hasta aquí llega cierta lírica venezolana, y se rompe en mil pedazos. Pero en este libro también resiste la escritura a sólo verse en el espejo de sus escaramuzas digitales. Hasta aquí llegan, todavía, heridos acaso por el tiempo presente, el eco lejano y el baile insepulto de Orfeo.

Luis Pérez Oramas

 

 

 

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Una bolsa negra abultada: el paraíso.

Desgarro su dermis con mis uñas
revuelvo sus frutos con vehemencia
aspiro su aroma cual orquídea solitaria.

Una manzana a medias, una franela desteñida:
mis perlas.

Oigo chillidos de otros cazadores
escondo el tesoro y salto de cuadra en cuadra
huyo de las tortugas y los tanques.

Una bulla de aventureros ante una bolsa negra:

motivo para una masacre.

 

 

 

Estaba metiéndome un pase en Sawu cuando entendí el significado de la canción de Fito Páez. De bolas, grité, mientras metía un billete de cien bolos frenéticamente en mi nariz –ah, todo un poser, como si esa vaina siquiera valiese un dólar. Por dármela de rico extravagante, termino por ser un maldito hillbilly. Pero qué va, ellos no se dan cuenta–, de bolas que ya metí demasiado en mi nariz. Definitivamente, me sentía cegado de poder, cualquiera me hubiese dicho para caerme a coñazos y felizmente hubiese estrellado mis huesos contra su sien. Pero no. De repente, la melancolía. La bellísima realidad que circunda e inspira e idiotiza. Salí a bailar –jamás, prometo, jamás había podido elevar los hombros tan alto– y entre luces grises y azules y humo blanco, blanquísimo, abrí mis ojos y vi los reveses del mundo. Les cuento, hermanos, era una puta locura. En el otro lado, el silencio se cuenta en ritmos de cuatro por cuatro y la menor medida de tiempo es tres minutos. En el otro lado, dormir es un vicio terriblemente visto y quien practica la sobriedad o la salud es el leproso. La vaina es bien fea, bien dark. Pero qué va: Nietzsche dijo que cuando mirabas el mal de fondo, te veías a ti mismo, una vaina así. Y cuando tantos dicen que las drogas y el sexo y la música y la oscuridad son el Mal –así, en mayúscula, cual ciudad o personaje de telenovela alegórica–, uno no puede dejar de emparentarse con el diablo y sonreír. Es una sensación espeluznante, de bolas que sí. Y por eso las ganas de volver, el cable a tierra, la gravitación entre la nota y el orden de las cosas, la felicidad desenfrenada y el aburrimiento familiar. No hay mayor suspenso que abrir una puerta, después de todo.

 

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Me gustan las niñas que follan con los niños.
Que soban sus braguetas en las pistas de baile.
Son dueñas de su tragedia y dueñas de su deseo.
Sus voces: promesa, placer y rebelión.

Hay quienes las tildan de brujas, a las niñas que me gustan.
Imbéciles siempre: no hacen sino exaltar sus manos.
Somos marionetas de su desvergüenza, la sombra de sus sonrisas.
Un paso por nuestros cuerpos es un pase por su nariz, un jalón de cigarro.

Cuidado con las niñas que follan con los niños.
Jamás olvidarás sus susurros y murmullos, tu nombre en sus bocas.
El tiempo con ellas te hará otredad, diferencia, enfermedad.
Y ellas seguirán las mismas, sus ojos puestos en otra nube de arena.

 

 

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He visto publicaciones que ustedes jamás creerían.

Vídeos en Twitter de niños humillados, desangrados, que huyen de soldados de guerra.

Escuché canciones de vaporwave y lo-fi hip-hop mientras los niños robaban zapatos,

y he visto cómo el gas de las bombas se emparenta
con la neblina de El Ávila.

All those moments will be lost in time,

like tears
……………………………in rain.

 A desconectarse.

 

 

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Ayer desaparecí. Jamás pensé que sería tan fácil. Alguna vez me dijeron que renunciar al rostro y al nombre requería valor y paciencia; nada de eso, un par de tijeras es suficiente para desprenderse del cuerpo. Dos, tres cortes rápidos y el vacío está. Ahora que soy burbuja, puedo insultar y cantar himnos, matar y donar prendas de vestir. Pero también soy solo recuerdo: mis actos y mis palabras no tienen señor. Nadie puede juzgar a un desaparecido; nada se le puede atribuir. Soy un dios y soy la nada: todo está en mis manos y a nadie le interesa.

Cualquiera puede desvanecerse, supongo.
Cualquiera puede incendiar un paisaje.
Lástima que no haya ojos para el humo,

…………………………………………………………………………para las nubes.

 

 

 

………………………………………………………………………a Ana Teresa Valladares

 

Con este corazón roto, hecho fragmento y ficción,
camino de trinchera a trinchera.

Me imagino que las bombas de gas
–el almuerzo y la cena de la desidia–,
alimentarán el hambre de cada emoción rudimentaria
que reste bajo mi pecho.

Aunque temo estar equivocado.
La rudeza de las banderas que ondean, sin meta
ni destino aparente/importante,
me inspira, más que ilusiones, temor.

De todos modos, ignorante,
camino de trinchera a trinchera.

No debería acarrear tanta violencia
enmendar un músculo.

 

 

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–Alguna vez escribiré una novela compuesta –¿dos novelas en una? ¿Una novela en que los capítulos se alternen de una historia a otra? ¿Estarán cruzadas las historias? De seguro compartirán una temática común– titulada Piano de cola / Bigote bicolor. El protagonista de la primera será un chamo que sueña con ser Fito Páez y culminará en un concierto suyo. Alguna vez fui a un concierto de Fito Páez en el Sambil. Tenía un traje rosado que hacía que mis ojos se babearan, y escupía bastante cuando cantaba. Me pareció todo un mesías –entendemos, claro está, que no hay dioses en este mundo. Al menos no en esta ciudad– , sentí orgullo en seguirlo; en algún momento citó a Clarice Lispector y di un saltito como si fuera un carajito y me acabaran de regalar un Nintendo 64. Había un par de personas drogadísimas que chillaban el nombre de Fito y proclamaban su amor por él. Llamaban que jode la atención. Hasta el momento, dudo si el protagonista de Piano de cola debería recibir su premio asombrado –como yo– o tan vuelto mierda que la normalidad sea pestilente –como el par de amigos. Bigote bicolor trataría sobre un rockstar fallido que da clases de matemáticas y química y vive con su mamá: un tipo genial y muy flojo, y con un complejo de superioridad asqueroso. Se cree mejor que todos, es pana con todos, pero nunca se dispone a crear porque siempre está volado. En la primera novela, predominaría la intuición de un futuro mejor, aunque para nada perfecto. En la segunda, un presente lleno de promesas rotas y expectativas vacías. Sí, alguna vez pensé en escribir Piano de cola / Bigote bicolor. ¿Por qué no lo he hecho? ¿Qué coño me detiene? ¿Me estás parando bolas? –pregunta Fabián, arrecho, acelerado y mascando chicle y agitando el vaso de agua que aprieta en su mano derecha. Alberta se ríe, lo besa y le susurra en el oído que va al baño.

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(Petare)

Santo Cristo de la Salud:

Vierte la sangre de tus estigmas sobre nosotros
y ahórranos de beber el agua sucia de cada día.
Protege a nuestros hermanos: los que, honradamente, se ganan la vida
limpiando pocetas y transportando maniquíes pálidos,
y los que la pierden sin gloria alguna, bajo lluvias y erupciones de pólvora.
Te pedimos misericordia por los niños abandonados de la esquina;
te exigimos malas suertes a quienes miran con malos ojos.
Inspíranos suficiente temor para evitar el sueño nocturno
y conseguir un buen asiento en la primera camionetica de la mañana.

No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del despiste,
Amen.

 

 

 

Debe ser fina y armónica la música
que haga de soundtrack en Bello Monte,
guiada por una trompeta que levante los humos
impertinentes de la Transición –que los vuelva
postes de luz.
Un piano cliché, reluciente, también debería adornar
la escena: el par de guantes sobre la mesa,
los cadáveres cerrando filas en la nevera,
las almas dictando sus últimos adioses.

Sí, debe ser fino el jazz que indique la entrada
al averno.
Una suerte de recompensa, digamos,
para quien sucumbió ante el silencio
de una ciudad hecha en vano.

 

 

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(Orfeo negro)

………………………………………………………………….Eugenio Montejo, in memoriam

 

Orfeo, no tienes que sacrificar tu trompeta
por un iPod desgastado.
No tienes que sacrificar tu piel por el frío.
Orfeo, que quedas, que sueñas, que cantas,
recibe el clamor de las piedras y los grillos
como respuesta única, indivisible.
Los oídos del hombre blanco, ahora hechos píxel
y enfermedad, no son más que plusvalía
–un agregado innecesario.

Orfeo, no excaves tu propia tumba.
No te hagas sombra a manera de poema.
Asume la tristeza infinita como virtud
y, escoltado bajo sonrisas de astros,
mantente al margen de la historia.
¿Vale más, acaso, esclavizarse a la imagen
que someterla a tu baile insepulto?

 

 

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Carlos Egaña. Caracas, Venezuela, 1995. Poeta. Estudiante de Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Autor del libro Los Palos Grandes (Dcir Ediciones, 2017). Escribe regularmente en Prodavinci y en Verbigracia, suplemento cultural de El Universal. Un cuento suyo sobre Rolando Peña, Bajo tierra, fuera de vista, ganó la mención honorífica en el I Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia (2016).