‹‹La poesía está en su fase final››

Entrevista a Raúl Zurita

 

Por Mauricio Mena Iturriaga

 

Apuro el paso, en pocos minutos tengo que estar en la casa de Raúl Zurita. Cruzo el Mapocho, flanqueado por una larga costanera, salpicada de árboles que lentamente van cambiando de color su follaje. El otoño va amontonando las hojas en las veredas. El frío baja corriendo de los Andes. Es entonces que pienso en la literatura chilena contemporánea. En breve estaré entrevistando a una de sus grandes voces. Al otro lado del río que parte en dos a Santiago, la capital de Chile. No puedo evitar pensar en la evidente analogía con el escenario político y social en el cual tiene lugar la obra del autor, con el que me encontraré en pocos minutos. Gran parte de la poética de Zurita, tiene lugar en un Chile fracturado, tajeado por el cuchillo terrible del horror que sucede al 11 de septiembre de 1973. La Dictadura Militar es como el Río Mapocho. Ella ha partido en dos el paisaje de la creación artística chilena contemporánea, llevándose consigo a algunas de las voces más luminosas y contundentes del arte chileno durante 17 años de terror y clandestinidad forzosa. Toco el timbre de la casa de mi entrevistado. Entro a un living lleno de obras de artistas locales. Primeras ediciones, cuadros y fotografías. Al fondo, en un generoso patio interior, un gran perro, un boyero de Berna, parado bajo la leve lluvia me observa con sus grandes ojos húmedos. Entonces entra Zurita. Nos instalamos en el living de su casa. Me saluda cálidamente, como de costumbre. Enciendo la grabadora, empieza la entrevista.


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Mauricio Mena: Partamos por el principio ¿Recuerdas cuándo apareció en tu vida la poesía y la escritura?

Raúl Zurita: Fue alrededor de los 15 años. Estaba en el colegio, y me gustaba mucho escribir, también dibujar. Pero, cuando se me hace algo pasional, es mientras estudiaba Ingeniería en la Santa María. Eso fue a los 17 o 18 años. Ahí escribí el primer poema que considero mío -es decir, mío es un decir porque ningún poema es tuyo– que se llama El sermón de la montaña.

M.M.: No es gratuita la mención de la Ingeniería como tu primera aproximación a la poesía, porque cuando uno lee tus trabajos hay una naturaleza «ingenieril», digamos, en su factura. Algunos de tus poemas parecen silogismos. Hay algo matemático-lógico detrás de tus poemas. ¿Dirías que allí hay una influencia de la ingeniería y del lenguaje matemático?

R.Z.: He dicho que sin la Ingeniería yo no me entendería, no sé quién habría sido, ni cómo me hubiera llamado. Estuve en ello siete años, y fue muy importante para mí.

M.M.: Hemos visto la influencia de la Ingeniería en tu poesía, la influencia de la lógica y el lenguaje matemático en tu quehacer poético. Por otro lado, a lo largo de tu obra, el recurso a la dimensión creadora de la poesía es una constante. Tu palabra poética se despliega como el lenguaje de una particular cosmogonía, donde los conceptos de identidad, tiempo y espacio se muestran de una manera muy peculiar. Estos elementos, me hacen pensar en los grandes libros ancestrales alrededor del mundo. Pienso en el Popol Vuh, en el Poema de Gilgamesh. ¿Qué puedes decirnos sobre esto?

R.Z.: Yo creo que la poesía y la creación son sinónimos, son dos cosas indistinguibles. O sea, no podría haber poesía sin creación, y no en el sentido de Huidobro, sino en el sentido de crear, pero no como un pequeño Dios, sino de crear, de hacer. Y gracias por decirme que son libros que tienen una estructura cosmológica, o cosmogónica, porque ha sido lo que a mí más me ha importado. Tú nombras al Popol-Vuh, para mí el libro crucial ha sido el Mahabharata. Entonces, yo no creo en la obra fragmentaria, creo en un planteamiento, en una obra con ambición artística; no ambiciones personales, ambición artística. Y, si esos libros forman una unidad como yo la entiendo, fantástico.

M.M.: Y, en ese sentido, ¿la poesía sería la fundación de un lenguaje mítico de la historia?

R.Z.: La poesía es el primer lenguaje que se alza en el ser humano frente a la muerte. Somos hijos de la poesía y de la muerte. El primer rasgo de lo humano es cuando nace la muerte. La muerte nace seguramente de una fábula. Cuando un ser iba corriendo con otro ser, y de repente el otro ser se queda totalmente inmóvil, no responde las preguntas, no mira, no habla, y el otro comprende que lo que le acaba de pasar a ese le va a pasar a él. En ese momento nace la muerte. Y la primera respuesta, frente a esa cosa absolutamente incomprensible, inconmensurable, atemorizante, totalmente desconocida, la primera respuesta frente a eso es lo que llamamos poesía. De ahí surge lo humano, y lo humano es la historia del lenguaje. La poesía y los lenguajes son los conjuros que lanzamos frente a la muerte. La historia de la poesía es la historia de esos conjuros.

M.M.: Respecto a este registro, donde la poesía se muestra como una cosmogonía de Chile, me remito a Purgatorio y Anteparaíso como grandes ejemplos, ¿qué influencia tuvo en ti la obra de Gabriela Mistral? Pienso en El poema de Chile, donde se ha dispuesto una búsqueda similar.

R.Z.: El poema de Chile lo encuentro pésimo. Las obras que encuentro grandes de Gabriela Mistral, son los Sonetos de la muerte, El Ruego, sus poemas para niños, Todas íbamos a ser reinas, el poema Cima, el poema La fuga

M.M.: Descartando a Mistral dentro de tus influencias en este afán cosmológico-cosmogónico, y sabida ya tu temprana aproximación a la literatura italiana, pienso en Ítalo Calvino, particularmente en obras como Tiempo Cero, ¿estaría más cercano Raúl Zurita a esta tradición de obras cosmológica-cosmogónicas?

R.Z.: Para mi Calvino es una especie de súper Borges, o un Borges italiano. Me encanta, me fascina. Preferiría estar más cerca de él que de El poema de Chile. Pero, hay que hacer un paréntesis; la poesía y el pensamiento de Gabriela Mistral es una gran obra. El problema es que El poema de Chile es un libro trunco. Gabriela Mistral hubiese necesitado otros 100 años para terminarlo.

M.M.: En tu poesía hay elementos que evocan cierta religiosidad. Sin afirmar que tu poesía sea de inspiración o vocación religiosa, ¿qué podrías decirnos sobre la relación entre poesía y religión?

R.Z.: Yo creo que ver algo religioso en mi obra, sería caricaturesco. Yo creo que nadie ha hablado de lo coloquial, después de Parra, hasta los límites que lo he hecho yo. Las jergas que están en Zurita, o las jergas que están en Canto a su amor desaparecido, no tienen nada que ver con lo ceremonial. En Anteparaíso, hay partes que son recreaciones absolutas de los Salmos, eso ya lo hizo Cardenal. Ahora, sacar a Dios de la historia de Latinoamérica, o de la historia de la lengua castellana, dejaría un vacío más grande que la cuenca del Pacífico. Dios, el Catolicismo, es el lenguaje de la Contrarreforma, es el lenguaje de la Conquista de América, es el lenguaje de la Inquisición. Ahora, el Castellano es por definición el lenguaje de la Iglesia Católica. Entonces, en ese sentido, tú no puedes sacar a la religión. Incluso Neruda, de Rokha, son en ese sentido profundamente religiosos: «Sube a nacer conmigo hermano…», el mito de la resurrección. «Adiós Carlos de Rokha, hasta la hora que no nos volvamos a encontrar jamás, en todos los siglos de los siglos, aunque sean vecinos de vestigios, los átomos desesperados que nos hicieron hombres.», esto es de Pablo de Rokha; da vuelta una fórmula religiosa, pero sigue siendo una fórmula religiosa. «Cordero de dios que lavas los pecados del mundo/ dame tu lana para hacerme un sweater…», Nicanor Parra. O sea, yo no conozco ni un poeta que se pueda escapar de la visión religiosa, desde el momento en que está usando una lengua.

M.M.: Descartando una motivación religiosa en tus versos, ¿qué diferencia verías entonces entre poesía y religión?

R.Z.: Yo creo que la poesía es quien crea la realidad, no a la inversa. Yo creo que la poesía y la religión no solo son diferentes, sino que son antagónicas. Las religiones monoteístas son dictadas por Dios, son dictadas por la verdad. En nombre de la verdad tú estás en el deber de castigar, a quienes están en el error, porque los que están en el error son el demonio, por lo tanto, los puedes matar, torturar y eliminar. Tienes que eliminar el error. Tienes que sacarle armas al demonio. Ahí están todos los fundamentalismos. La poesía, en teoría, desde Hesíodo, está dictada por las musas. Las musas, le dicen a Hesíodo, uno de los primeros poetas de Occidente, lo siguiente: «Nosotras podemos decir muchas mentiras con apariencia de verdad, como podemos decir la verdad cuando se nos plazca. Entonces, nosotros te vamos a dictar y tú nunca vas a saber, si lo que te estamos dictando es verdad o es mentira». Por lo tanto, con la poesía tú no puedes tocar ni un pelo a nadie, ni si quiera con el pétalo de una rosa. Esta diferencia es radical, es abismante. La poesía es anterior a la verdad, no tiene que ver nada con la verdad. No tiene nada que ver con la religión. Y si tiene que ver con alguna religión, es con aquellas donde los dioses son inmortales, es decir, la de los dioses griegos.

M.M.: En ese sentido, es interesante lo que nos dices. Pareciera ser, que además de este antecedente italiano en tu poesía, sobre el que tanto se ha hablado, y de estos elementos cosmogónicos, que hay como gran ambición detrás de tu trabajo como poeta, esta crisis entre verdad y poesía en el mundo griego aún resuena en tu trabajo. Pienso en la expulsión de los poetas en el libro X de la República de Platón. En ese pasaje de la obra platónica, el gran engañador es el poeta. ¿Qué nos dirías al respecto?

R.Z.: Para Platón es así. Esto significó el triunfo de la razón, de la ciencia, y nos trajo al horror de mundo, en el cual estamos viviendo.

M.M.: En este sentido, según el cual la poesía se muestra anterior a toda verdad, ¿sería ella una forma de volver al momento mágico, en que la palabra crea mundo?

R.Z.: Eso es imposible. Ninguna poesía, ningún poema puede sustraer el tiempo. En el tiempo, el pasado es la única condena. Yo creo que la poesía nunca ha estado en el poder. No tiene nada que ver con el poder. Pero no hay que olvidar que la mayoría de los grandes poetas de lengua española fueron cortesanos. Apegados al poder como fuese.

 

 

M.M.: Esto último resulta curioso, porque hoy en día hay una demonización del poeta pequeño burgués.

R.Z.: Eso es súper extraño. Porque qué otra cosa podemos ser, sino pequeños burgueses. Lo que pasa, es que esos son pequeños trucos que se utilizan para descalificar a los demás. No tiene otra función que eso.

M.M.: Durante la década del 70, tú frecuentabas la bohemia del litoral central de Chile, estrechando lazos con poetas como Juan Luis Martínez, Eduardo Embry, Sergio Badilla Castillo y Juan Cameron. ¿Qué puedes decirnos del escenario poético de aquellos años?

R.Z.: Yo no tengo nada que ver con los poetas que mencionas. Salvo con Juan Luis. Nunca hubo un grupo del café Cinema, que se ha dicho, nada. Coincidíamos de repente, porque yo vivía allá. Yo estaba casado con la hermana de Juan Luis, y de pronto pasábamos por Viña del Mar, por el Samolledo, pero nunca hubo un grupo, ninguna afinidad de nada. Yo con el único que tenía afinidad era con Juan Luis. No hay ninguna revista, ningún manifiesto, no hay nada. Trilce era un grupo, Arúspice era un grupo, La Escuela de Santiago era un grupo.

M.M.: El año 1973, tras el Golpe de Estado, fuiste detenido en el Estadio Playa Ancha, y luego en el carguero Maipo. Cuéntanos sobre esta experiencia.

R.Z.: Fue una experiencia atroz. Pero, comparado con el destino que tuvieron tantos y tantas, no es absolutamente nada. Para mí fue una experiencia «marcante». Esto está profundamente inserto, entre lo que he hecho y lo que he escrito en mi poesía. Es un momento crucial de mi vida. Ese soy yo, con eso, con ese episodio.

M.M.: Es interesante lo irrecusable que resulta la Dictadura y el Golpe de Estado para los artistas chilenos. Podemos aseverar que este período es una marca indeleble, un sello de fuego en la creación artística de nuestro país. Es muy atractivo el ver cómo cada uno de los creadores asimila o se hace cargo de este período oscuro de la Historia de Chile. Detrás de cada experiencia, parece surgir una suerte de estilo del dolor, que cada artista despliega. ¿Cómo responderías a esto?

R.Z.: Yo no sé si hay un estilo detrás del dolor. Yo creo que hay un estilo y una forma que tiene nombre común, que podría haber sido cualquier otro, que se apellida Zurita. No creo que haya un estilo marcado del dolor, porque el dolor es el dolor. El dolor es sin estilo por definición, es el antiestilo. Pero, hasta donde yo puedo ser un lector de mí mismo, lo cual es muy difícil, siento que sí, que la experiencia de la Dictadura es totalmente decisiva para mí. Es imposible que la saque de mí, sería quedarme sin nada. A veces me han preguntado, qué hubiera pasado conmigo si no hubiera habido esa Dictadura, y yo les digo que me resulta inimaginable. O sea, ¿por qué los elefantes son grises, grandes y esféricos? Porque si fueran chicos, blancos y planos, serían un mejoral.

M.M.: Tras tu detención, cuando se publica tu primer poemario, titulado Purgatorio (1979), has confesado que tenías prohibido el acceso a las librerías. ¿Puedes contarnos sobre esta prohibición?

R.Z.: Era un ladrón de libros. Robaba libros para leerlos, como Bolaño, pero terminé robándomelos para venderlos, porque no tenía un peso y estaba en la miseria más absoluta. Era plena Dictadura, no tenía trabajo, estaba desesperado. Por eso robaba libros, y libros caros, hasta que me pillaron. Cuando me pillaron, no me tomaron preso, me salvé, pero me prohibieron entrar en todas las librerías de Chile. Fui un ladrón con justificación.

M.M.: En 1982, publicas Anteparaíso. Según Rodrigo Cánovas, encontramos en este libro «una liberación de los códigos represivos que a través de la historia han tratado de subyugar al lenguaje». Hay una suerte de alquimia del dolor en la palabra poética, una denuncia de la represión y los abusos de la Dictadura. ¿Qué nos dirías al respecto?

R.Z.: Creo que soy un mal lector de mí mismo. Creo que mi obra tiene que ver, profundamente, con ese momento de la historia de Chile. Porque es una época que es, además, una constante humana, una pavorosa constancia de la humanidad. Chile es millones de «Chiles». Y el mundo es Chile también. Entonces, es nuestra época, pero también, desgraciadamente es una constante de la humanidad. Nosotros contribuimos, generosamente durante 17 años, a aumentar el promedio del crimen y de la violación. Pero, está en lo humano. Hay una lucha feroz entre lo que quiere ser y lo que quiere impedir que lo nuevo sea. Y creo que, en mi poesía, tomo partido en eso.

M.M.: En relación a esto último, hay una suerte de dialéctica detrás de tu ejercicio poético. Una relación Señor-Ciervo, como diría Hegel, una expropiación de la vida, pensando en Marx. En ese sentido, ¿la poesía sería una forma de revolución?

R.Z.: La poesía nunca va a ser una revolución. La poesía no puede derribar a un Dictador. Pero, sin la poesía, no hay revolución posible.

M.M.: También en 1982, lanzas La vida nueva. Esta obra no tiene precedentes en la poesía chilena. Escribe a través de aviones, que sobrevuelan el cielo de Nueva York, 15 versos. Cada uno de ellos, al mismo tiempo, refleja elementos que ya habían aparecido en tu poética: el amor, la naturaleza, el miedo, el desamparo, la enfermedad, lo residual y la muerte. ¿Qué nos puedes contar acerca de esta obra?

R.Z.: La escritura en el cielo fue un sueño. Un sueño pensado en los momentos más difíciles y oscuros de Chile, y de mi vida. La forma que tuve de no enloquecer, de no resignarme, de no quebrarme; era imaginarme cosas demenciales. O sea, poemas interminables, poemas que se escribían en el cielo, poemas escritos en el desierto. Entonces, ese poema, que se pudo hacer, para mí es un homenaje y un canto hacia lo que son nuestras vidas, hacia todo lo débil, lo precario, lo castigado, como era en ese caso la población hispanoparlante, en los Estados Unidos, en Nueva York. Esta obra está hecha sobre el barrio Queens, que era un barrio, en ese entonces, en los años ochenta, de mucho hispano emigrante, refugiado. Entonces, esas palabras: «Mi Dios es hambre…». «Mi Dios es miedo…», van retratando una identidad latinoamericana. Además, lo hice porque me pareció extremadamente bello ocupar el cielo como página. Por eso, siempre he dicho que uno no puede ponerse límites. Uno no, porque los demás se los van a poner igual. Entonces, nunca me pregunté si esto era o no poesía. Tenía que hacerlo.

M.M.: En ese sentido, hablas de la fugacidad (queda claro en La vida nueva, en este escribir con nubes en el aire). Esto me remonta a tu experiencia con el CADA. En el CADA tiene lugar el body art, la performance, las instalaciones, las intervenciones, etc. Pienso en Joseph Beuys, en Wolf Vostell, en Fluxus. ¿Existe alguna relación del CADA con esta forma de expresión artística?

R.Z.: El arte Fluxus surge en el contexto del Plan Marshall, donde se busca la reconstrucción de Alemania. Un mundo, finalmente, en paz. Nosotros hicimos estas cosas en plena Dictadura. Entonces es, radicalmente, otra cosa. Es el contexto el que hace la obra del CADA. El CADA solamente le pone un marco al panorama social de esa época. Formalmente tuvimos al comienzo, en las primeras acciones, una influencia de Vostell. Pero son marcos distintos. Solo aprendimos, por supuesto. Pero en el CADA la obra, la obra era un territorio. Y sobre todo una promesa. Estas obras, se concluirán cuando, realmente, se acabe la sociedad de clases. Por lo tanto, esta obra no ha concluido. Tiene una dimensión utópica que es parte de ella.

M.M.: Es interesante, porque si bien la obra de Joseph Beuys se da en el contexto del Plan Marshall, mientras que el CADA tiene lugar en Dictadura, diferencia que podemos compartir, en tu obra perspira aún la máxima del artista alemán, según la cual: «Todo hombre es un artista». ¿Hay algo de eso en la obra de Zurita?

R.Z.: Sí, por supuesto. Eso arranca del Romanticismo. La única posible autodefinición, que yo me haría a mí mismo, pero con mucha vergüenza y con mucha probabilidad de estar absolutamente equivocado, es que yo me defino como un poeta romántico.

M.M.: Poderosa autodefinición. Ahora, y ahondando en esa vertiente, en muchos de tus trabajos se respira una suerte de panteísmo. En tus versos las personificaciones y animificaciones abundan. ¿Qué puedes decirnos de esto? ¿Se trata solo de un recurso retórico? ¿Es Zurita un panteísta o animista?

R.Z.: No lo sé, porque es un asunto de definición de palabras. Pero, yo creo que los poemas no son sino mínimos fragmentos de los sueños, que sueña la Tierra. Y los que llaman poetas, no son sino pequeños transmisores, de estos sueños que nos anteceden y nos desbordan. Entonces no me siento ajeno, en ese sentido, a cierto animismo.

M.M.: Hay que escuchar los sueños de la Tierra. Llevándonos al presente, y dejando atrás el Romanticismo. En tu última obra, titulada Verás, es posible recorrer distintas dimensiones de tu trabajo como escritor. Desde el adelanto de tu traducción inédita de la Divina Comedia, pasando por El mar del dolor, hasta obras ensayísticas y entrevistas. ¿Qué puedes contarnos de Verás? ¿Cómo ves el interés que tu obra sigue suscitando?

R.Z.: Verás es, ese libro en particular, una construcción de mi adorado Héctor Hernández Montecinos. Es un tipo que prestó su cuerpo, su imaginación, su intelecto para realizar la construcción de la obra de un colega. Es de una generosidad artística que yo nunca terminaré de agradecer. A mí me encanta como le salió. Esa lectura de mi obra, la encuentro muy cercana.

M.M.: Tomándome del merecido reconocimiento al trabajo de Héctor Hernández, trasladémonos al escenario de la poesía chilena contemporánea. Hoy en día, la poesía está más viva de lo que podría pensar la mayoría. Existe una escena, con múltiples escenarios. Respecto a los actores de la poesía chilena actual, ¿qué puedes decirnos?

R.Z.: Bueno, es como tú dices. Hay una gran riqueza. Están los poetas mapuches: Lionel Lienlaf, Elicura Chihuailaf, Roxana Miranda. Ahora, eso no significa que estemos en un gran momento. La poesía, tal como la hemos entendido, está en su fase final. El internet es un invento con consecuencias tan grandes, o mayores, que la invención de la escritura. Es una serie de ideas, de presupuestos con los cuales hemos funcionado, como la idea de ver una persona, como el concepto de la intimidad, que están radicalmente cambiando. Ahora, hay poetas que me gustan mucho, como Héctor Hernández. Hay otros más jóvenes aún, como Eugenio Castillo, Fernanda Martínez. Es ingrato citar nombres. Pero hay una gran poesía en Latinoamérica, nueva. Nuevamente, se vuelven a plantear obras con una cierta ambición, con una cierta pasión. De mi generación, me interesa mucho Mauricio Redolés, José Ángel Cuevas, los dos primeros libros de Maqueira, mi hermano Juan Luis Martínez. Pero también hay mucha «chimuchina», mucha poesía autista, una poesía del yo que es profundamente aburrida e innecesaria, y que ha significado un alejamiento de la poesía del pueblo. Entonces, hay de todo.

M.M.: Es interesante esta mención sobre el internet. ¿Cuál es, según tú, el rol que cumple hoy el internet en el escenario poético?

R.Z.: Creo que el internet está creando nuevas formas. Formas tal vez casi impensadas, porque la técnica, los grandes inventos técnicos, influyen en los contenidos. Entonces, yo creo que lo que va a salir, que está saliendo ya seguramente en internet, son otras obras. Son obras interactivas, obras que no tienen un autor, que tienen más bien una especie de matriz. Creo que es totalmente legítima. Además, es la poesía que se viene. Pero esta poesía, la poesía del libro, con esta materialidad, es una poesía que se está acabando.

M.M.: En relación con los nuevos lenguajes poéticos, que el internet está ofreciendo, y esta suerte de agonía, que está viviendo la poesía en su formato y soporte tradicional, quiero volver a Purgatorio. En este libro, ya aparece una búsqueda de nuevos formatos y lenguajes. Como ese cardumen de peces que aparece en Mi amor de Dios, obra de suyo muy experimental. ¿Existe acá alguna influencia de la poesía concreta brasilera?

R.Z.: Ninguna. Son coincidencias. La poesía concreta la considero una poesía muy menor. Es una poesía que es gráfica, no supera la gráfica. Recién ahora, Augusto De Campos está haciendo cosas más interesantes, porque encontró su herramienta, precisamente la herramienta de la computación. Pero la poesía concreta, es todo menos concreta.

M.M.: Para terminar, y agradeciendo tu disposición a esta entrevista. Has realizado obras en el cielo de Nueva York y en el desierto de Atacama, en tu cuerpo y en una enorme diversidad de soportes. Has participado con músicos y cineastas. ¿Qué le queda por hacer a Raúl Zurita?

R.Z.: Lo del desierto y lo del cielo fueron, yo los llamo, mis proyectos diurnos. Se ven con la luz del día. Yo espero, y es casi un sueño, concluir mi proyecto nocturno. Son la escritura, o las proyecciones, sobre los acantilados de la costa Norte de Chile, que solo se verá desde el mar, y en la noche. Y que desaparecerán con la luz de la nueva mañana. Eso, para mí, es una imagen del fin.


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Raúl Zurita Canessa.
Santiago, Chile, 1950. Ingeniero, traductor y poeta de ascendencia italiana, reconocido como uno de los más importantes escritores en América Latina. Ha escrito los libros: Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), El paraíso está vacío (1984), Canto a su amor desaparecido (1985), El amor de Chile (1987),  La vida nueva (1994), Canto de los ríos que se aman (1997), Poemas militantes (2000), INRI (2003)Mi mejilla es el cielo estrellado (2004), Tu vida derrumbándose (2005), Los países muertos,(2006), LVN. El país de tablas (2006), Las ciudades de agua (2007), entre otros. En 1984 le fue otorgada la beca Guggenheim y en 2002 la beca Künstlerprogramm DAAD. Ha sido galardonado con los premios Pablo Neruda (1988), el Premio Pericles de Oro (1994), el Premio Municipal de Poesía de Santiago, el Premio Nacional de Literatura (2000), el Premio José Lezama Lima (2006) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2016). Su obra ha sido traducida al italiano, inglés, alemán, chino, ruso y francés.

Mauricio Mena Iturriaga. Santiago de Chile, 1982. Poeta y editor. En el año 2004 formó parte del Taller de la Fundación Neruda y recibió el Premio Tirso Molina otorgado por el taller homónimo dirigido por el poeta Fernando Valenzuela. Ha publicado El comienzo de las sombras (2004).