La fuerza viva

Alejandro Simón Partal

 

orilla raíz 

Hay un instante
que de tanta soledad
improvisa cualquier cosa la hermosura.

Así hoy en esta playa
donde mi padre no ha dejado huella,
le he visto enterrando en la orilla
una sandía para enfriarla.

Donde sólo hay tierra
yo veía a un hombre
con los pantalones remangados
abriendo hueco en la tierra,
donde el mar se aisló por un segundo
creyéndose por fin mar.

Desde aquí veía los pies de mi padre enterrados.

Veía la sandía enterrada,
con su pulpa cada vez más fría.

Esos hombres de orilla que saben de mar
no habrán enterrado ahí nunca una sandía.

No sabrían hacerlo como él.

Hay un momento que de tanta soledad
brotan de la orilla los frutos más grandes.

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un hombre-padre y su agonía

i

 Lo que tú no hagas,
se quedará sin hacer,
……………………te digo.
Pero no sabes qué contestar
y cierras la persiana imponiendo noche
a lo que ya sólo es noche.

Ahora, lejos de lo humano,
todo lo humano te es ajeno.

Ya eres azar, conexión de un mal
con otro mal que crea meta
y que tu cuerpo cruza.

Te vas dejándome algo de herencia
(un piso mal iluminado que cuesta, dices,
una vida de trabajo). Me voy dejándote
por contar cosas que no conoces
y que casi cuestan una vida: algún retoque plástico,
y noches de glory holes que quizás entiendas mejor
allá en la gloria, en el tránsito hacia lo sagrado
donde se reconoce con más facilidad los muros
con sorpresa que separan plenitud
………………………………..de arrepentimiento.

Cuando el miedo deja de guardar la viña,
la viña también florece.

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ii

¿Cómo se prepara uno
para lo que no se puede aceptar?

Hace ya mucho que desapareció
lo que nos une y ahora sólo queda
el aceite frío de nuestro amor
sin entendimiento.
Cuestan menos las palabras
cuando se le habla a una avenida atenta.

Por eso aquí, ahora, te hablo del hijo de Lola Flores:

un cantautor que no nos gustaba
pero que murió de amor, como mueren los
que vinieron a vivir de otra forma. Especulamos
con las últimas horas de un desconocido
con la seguridad que da el miedo
de saberse cercanos sin reconocerse de ninguna manera.
No nos gustaban esas canciones, pero al final
los intentos son el corpus de las grandes avenidas,
su madeja de pliegues.

¿Cómo

—decidme, tienda nueva de Apple
que ahora tengo en frente;
ofertas de enero; tú, perro asustado
por mis espasmos que ahora
amaga con morderme—,

prepararse para el final
de lo que sólo ha sido ausencia?

Siempre tarda más en desaparecer
lo que no sabemos si amar.

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iii

Y fíjate en esos críos
practicando primeros auxilios
a hombres hinchables:

cualquier cosa interrumpe su salvación.

Cómo juegan a la gravedad
sabiendo que no habrá oportunidad alguna
de morir:

no existe infortunio en lo que sólo es confirmación.

Ellos ya saben que tirados en el suelo,
intentando mantener a lo que no se manifiesta,
se viven los momentos más altos de la vida.

El aire y la sangre ya tendrán tiempo
de tomar partido:

será fácil predecir su inclinación.

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iv

Un director de cine quiso acabar con cien años de agonía.

En la premier de Las Leandras, película protagonizada
por Rocío Dúrcal en 1969, el director
Eugenio Martín declaró:

«Yo siempre he hecho lo que me han encargado.
Nunca he tenido un mundo propio
que me interesase sacar fuera».

Todo un siglo de agonía en España difuminado
en un estreno de cine.

Todas las respuestas a los últimos años de casi todo
por un director que ya nadie recuerda.

La película tuvo un éxito muy moderado.

Rocío Dúrcal no murió de amor.

Ya nunca sabré si te gustaban sus canciones.

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raft, etc

No quiero llamar aún a este milagro de hoy
vago recuerdo; ni a este resistir, capacidad.

Quiero insistir en este día de enero
bajo este sol despistado que cierra
la jurisprudencia de lo humano.
Agradecer como agradece esa rama
que crece desde el cemento
creando una grieta de vida
donde sólo se esperaba grieta.

La ágil bendición de estar aquí sentado
tomando un café y leyendo a Alice Oswald,
después de comprar unos tomates recién cortados.

Y desde aquí aceptar todo lo que venga.

Celebrar el justo descalabro de todas las cortezas.

O recibir el riesgo tranquilo
de volver acompañado a casa,
y compartir estos tomates
con un poco de aceite,
y amanecer así con alguien
que no se arrepienta de nada,
que por la mañana sólo se acuerde
de los tomates gloriosos del día anterior,
del aceite carísimo que uso.

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Alejandro Simón Partal. Estepona, España, 1983. Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en Filología Hispánica. Como investigador está vinculado a la Universidad de Salamanca. Es autor de los libros de poemas: El guiño de la chatarra (2010); Nódulo noir (2012) y Los himnos abdominales (2015) y en ensayo A cuerpo gentil (2017). Con el poemario La fuerza viva recibió el XXXVIII Premio de Poesía Arcipreste de Hita.