Juventud, historia, cambio

 

Por Rafael Cadenas

 

Estas irreflexiones quieren señalar lo que para mí constituye el problema de los problemas, aquel de donde brotan todos los demás, el problema del yo. El yo es «el héroe de las mil caras», pero siempre nos referimos a lo que él produce y no a él mismo, tendiendo así una cortina de humo que nos hace olvidar al responsable, al productor del desastre actual. Este «héroe» se disfraza. Aparece con su máscara económica, social, política, cultural, militar, en infinidad de formas; pero detrás está el personaje central, la estructura psíquica del hombre, engendradora de todos los conflictos, las luchas, las guerras, toda la agonía en que vivimos. 

El yo, «el héroe», el personaje, es un centro beligerante que aun en las empresas más desinteresadas, más nobles, más abnegadas, está presente para hacer valer sus pretensiones, que proceden a su vez de la importancia que se asigna a sí mismo. Sea de manera brutal, sea en forma sutil, el yo termina siempre por imponerse. Es la amenaza real detrás de todas las amenazas (la ecológica, la de los nacionalismos, la atómica, etc.), pero vemos sus manifestaciones sus mil carasy no el poder tras los tronos. 

Mientras no se encare este problema, todo lo que se haga por transformar la sociedad resultará inútil, pues los mecanismos psicológicos que nos han conducido a la peligrosa situación actual, volverán a imponerse. Si bien se mira, los cambios sociales resuelven determinados problemas, pero pronto aparecen otros, y tanto los viejos como los nuevos proceden de la misma fuente, el insaciable yo, humano e inhumano, pugnando por sobresalir, por afirmarse, por dominar. Sus propósitos varían de acuerdo con los valores que priven en la sociedad a la cual pertenezca, pero siempre son propósitos de un yo.

Aunque la sociedad cambie, solo habrá desplazamientos de problemas, si no se va a la raíz, y la raíz es el yo, esto es, la sociedad concentrada; pues el yo es más fuerte que sus obras. ¿Por qué entonces dedicamos toda nuestra atención a lo que él hace, a sus obras y no a él? ¿Por qué hablamos de todos los problemas, menos del que los crea? ¿Por qué no lo sometemos a examen, profundamente? Es posible que el mismo yo, para defenderse, haga aparecer los problemas como autónomos o como dependientes de causas que le son ajenas.

Quisiera terminar esta brevísima introducción aclarando que uso la palabra yo en el sentido que le da Krishnamurti, a quien tanto deben estas notas.

¿Cuál será el problema central del hombre?

Es el hombre mismo, y de ahí la dificultad para ver el problema, pues quien ve es el mismo problema.

 

 

Hoy los jóvenes creen que están transformándose o transformando la sociedad, pero es posible que sigan atados a lo que desean rechazar.

Actuar puede equivaler a dar vueltas en un círculo.

¿Acaso la historia no tiene mucho de incesante moverse sin cambio de fondo por parte del hombre?

Todo movimiento parte de un punto. En este caso ese punto es el yo. Si ese punto es un resultado de lo que se rechaza, es decir, de la sociedad, todo avance es una ilusión.

Pero sentir que marchamos produce complacencia, gratifica, halaga nuestro yo.

 

 

Muchos jóvenes se apartan de la sociedad y creen haberlo resuelto todo, sin darse cuenta de que la llevan en sí.

En sus huesos, en sus células, en sus palabras está ella. Puede que al revés, como contra-sociedad, pero aún así sigue siendo ella. Toda reacción nos une a aquello que la produce.

Sin embargo, hay que rechazar. Rechazo efectivo a la sociedad solo puede significar que ella ha muerto en nosotros, y esto es lo único que puede convertirnos en verdaderos entes sociales, seres amorosos, individuos reales.

 

 

El yo, que ha hecho esta sociedad y es al mismo tiempo, su producto, solo puede librarse de ella callando. Callado, la sociedad en él está ausente. No manda, no reina. Reina el silencio, la vida.

El yo es en cierto modo y en buena parte la sociedad, la sociedad localizada en un punto de convergencia, encarnación, continuidad, articulación, disfraz.

Otra forma de decirlo: en el yo, la sociedad confluye, se instala, se prolonga, se atrinchera, se oculta (o pretende ocultarse) pues no aparece como sociedad, sino como yo.

 

 

El yo es la principal estructura social.

Esto lo ignoran o no lo admiten, los políticos, los ideólogos, los teóricos, todos los que quieren cambiar la sociedad.

A los que dicen, con razón: «Hay que cambiar las estructuras», les faltaría añadir: «excepto una, el yo», pues en el fondo solo piensan en un cambio exterior. Nunca han vuelto la mirada sobre sí mismos para ver realmente qué hay ahí. ¿Y qué habrá ahí? La misma sociedad que desean transformar, moviéndose con otra cara.

Este es el drama de toda revolución.

 

 

En las llamadas revoluciones, la sociedad que está adentro (el yo) trata de destruir a la que está afuera (una forma social determinada). Este desdoblamiento de la sociedad crea la ilusión del cambio. Aun al ir la de adentro contra ella misma, como cuando el yo, pongamos por caso se vuelve contra un aspecto suyo, la sociedad está prolongándose, aunque sea conflictivamente. El conflicto fortalece al yo y a la sociedad, pues es el modo de operar más característico de ambos. Aparentemente no hay salida, y en realidad no la hay desde el yo: todo lo que él haga permanece en su ámbito. Pero lo que brote de su callar tiene un valor distinto. El yo solo puede trascenderse apagándose.

 

 

¿Existe el individuo?

Una de nuestras ideas más queridas es la individualidad. Se cree que el individuo diferenciado es una entidad distinta a la matriz de donde procede —la sociedad—, pero lo es solo en el plano de la elaboración de lo recibido; en el que más cuenta, en el plano básico, es un yo como cualquier otro. Es decir, es también la sociedad, pero con cara de distinción.

No se puede trazar una raya y decir: aquí comienza el individuo, pues este se funda en el ser humano, que siempre lo acompaña, y el ser humano está vaciado en el molde antiquísimo de la sociedad. Hay, pues, entre individuo y ser humano, diferencias superficiales que se erigen sobre semejanzas básicas.

 

 

Una pregunta que surge a menudo es esta: ¿puede haber una ruptura total con la sociedad? Entonces, ¿qué queda? ¿Solo la nada?

Queda el terreno libre, apto, limpio para el despliegue de la vida. La vida desplaza a la sociedad, pero esta no desaparece. Solo sufre un destronamiento.

 

 

El yo es la sociedad convertida en actor.

La solución del problema humano estaría encerrada en esta pregunta: ¿es posible que haya acción sin actor?

El actor es el usufructuario, sobre todo psicológico, de lo que hace, y lo que hace está determinado por su vida y su condición de actor.

Otra acción, depurada, que no proceda del actor sino de la vida ni sea capitalizada por él, sería la única respuesta a la crisis actual, que es fundamentalmente la crisis del actor, del personaje.

 

 

Ante la alternativa sartriana entre representar o ser nada, alternativa que condena al hombre a ser solo un actor, puede pensarse en otra posibilidad. La de una sencillez que se confunde con la nada. Pero no podemos proponernos ser sencillos, pues estaríamos representando un papel. Esa sencillez surge o no surge; es como una fuerza natural. El yo no puede producirla, el actor no puede conjurarla.

 

 

Esta sociedad que los jóvenes rechazan está fundada en la violencia, la codicia, el placer, la posesividad, la competencia. Con estas hebras están tejidos ellos, estamos tejidos todos. Al «romper» con la sociedad las llevamos en nosotros aunque las rechacemos o las cambiemos por sus opuestos (no violencia, desprendimiento, ascetismo, desinterés, no competitividad). Esto último es lo que el hombre ha tratado de hacer, sin éxito, a lo largo de la historia. Cultivar los opuestos de los rasgos que él rechaza, por considerarlos negativos. Pero los rasgos positivos están enraizados en los «negativos», puesto que surgen como reacción, y los negativos son los que privan, soterradamente, por ser los más sólidos, pues no constituyen ideas, ni elaboraciones conscientes del yo, ni propósitos que la voluntad se pone. Son realidades poderosas. La única vía es ver todo esto; los rasgos que se quieren combatir, los intentos por superarlos, la inútil inversión de energía de esta guerra de imposiciones y resistencias, y al ver y salirse del círculo vicioso del esfuerzo, cesa la fricción y se está en condiciones de vivir de manera natural. Fuera de la trampa del «esfuerzo» se puede convivir con las realidades que rechazamos y esta nueva manera de vivir nos hace más reales, nos quita toda hipocresía, nos libera del sufrimiento del ser imagen, de vivir desde y para una imagen.

 

 

La ruptura tiene que situarse más allá del reaccionar, aun del más enérgico, más allá de la rebeldía y más allá del yo, en tierra de nadie, en la región de la sencillez.

La reacción se queda dentro del juego o prisión de los opuestos; la rebeldía es la actitud que se va configurando a través del reaccionar, y el yo, aun es del «protestatario», es el campo en que la sociedad se afirma condenándose.

 

 

Obsérvese que el yo es contradictorio y se mantiene a flote, aunque desgarrado, debatiéndose sobre el mar de los opuestos que él mismo engendra desde su posición de centro. Parece que el yo necesita el conflicto y que ambos se alimentan mutuamente, dividiéndose e intercambiándose una misma energía, que no les pertenece, pues es la energía de la vida. El yo y el conflicto forman como un circuito cerrado, incansable, que alargándose (sin romperse) prolonga la sociedad.

 

 

El yo restaura lo que desea destruir; lo que debe morir se impone valiéndose de su enemigo aparente, se perpetúa en él. El yo rebelde es la máscara novedosa que la sociedad se pone. Pero el que la lleva ignora esto, ni siquiera lo sospecha. ¡Ojalá se diera cuenta! Entonces sí sería una amenaza, pues la sociedad no encontraría apoyo en él. Además sería un ser distinto, tendría la mansedumbre del mar. Otro tipo de fuerza. No la fuerza elaborada, ideológica, interferida, llena de pesos y contrapesos del yo, sino una fuerza libre.

 

 

Los movimientos juveniles más radicales tienen el valor de exponer la pestilencia de la sociedad actual. Representan tal vez el último rechazo a toda la falsedad en que ella se asienta: «el último», porque si no hay un cambio de conciencia en el hombre, la vida puede desaparecer, aniquilada por el rey de la creación, el amigo del progreso, el fanático del desarrollo. Pero esos movimientos se perderán si los jóvenes no penetran en el problema de su condicionamiento, en el problema de su yo, y la incapacidad de este para liberarse (liberarse de él mismo) pues todo lo que conciba, resuelva, confeccione, tiende a fortalecerlo. Si no encaran todo el problema, si se limitan a un solo aspecto (el social o el económico o el cultural, por ejemplo), caerán en otro tipo de ilusión distinta a la de los adultos, pero ilusión de todas maneras. La mente los alucinará con ideas que proyectándose desde la inveterada confusión humana, revertirán sobre ellos sirviéndoles de guía, autoridad, patrón. No podrán salir, pues, de la cárcel de ellos mismos.

 

 

Mientras el hombre, mientras el joven rebelde se viva como personaje, como alguien que cree en la historia y vive solo en función de ella, actuando para destacarse, o simplemente como quien le da primacía sobre la vida a su biografía, estará atrapado en las redes de la sociedad que él cree negar, pues la base de ella es precisamente el personaje. Este ha creado la sociedad y la sociedad lo ha creado a él. Ambos forman el más importante de los círculos viciosos.

 

 

Vivirse como personaje no quiere decir solamente sentirse héroe. Desde el punto de vista que nos interesa existe el orgullo de ser demonio y hasta villano. Se llama la atención siéndolo.

 

 

Lo que se ha dicho sobre la sociedad puede aplicarse a la historia.

 

 

El que rechaza la guerra tiene que rechazar también la idea de nación. Ambas cosas son absolutamente inseparables; no cabe aquí arreglo, componenda mental. Por eso casi todos los habitantes del planeta son partidarios de la guerra, pues ¿quiénes se han desprendido de la ficción que divide a la tierra en naciones?

Si se acepta la idea de nación hay que aceptar también la guerra.

Nación, guerra, militarismo van siempre juntos.

 

 

Contraria a Cristo, contraria a Marx, dos grandes fuerzas del mundo, la idea de nación que hace tiempo ha debido morir, sigue manteniéndose, cultivándose, fortaleciéndose. Pero el yo la necesita para darse importancia y el yo es la gran fuerza real, aunque errada, de la historia.

 

 

Para acercarse al problema del yo, hay que sentir el horror de la historia, que prosigue dentro de nosotros, que continúa desarrollándose en nosotros en el plano individual y colectivo. A quien le parezca que todo ha andado bien no le puede interesar este planteamiento. Es mejor que siga «explicando», estudiando, discutiendo el horror; es decir, ocultándolo, volviendo asunto ideológico la respuesta natural, directa, real, que despierta en nosotros cualquiera de sus horribles manifestaciones.

Pero el que cree que todo ha andado mal, busca enderezar las cosas partiendo de la historia. Trata de curar el mal con el mismo mal. Prolonga el desastre.

 

 

Somos historia que trata de modificar la historia con los mismos elementos que esta le suministra. Nada cambia, fundamentalmente, pero creemos que sí. Es un espejismo tenaz.

Al utilizar las armas que ella nos ofrece, es la historia la que nos está utilizando, es decir, el pasado.

Los instrumentos que ella nos proporciona, al entrar en acción, se fortalecen, y al fortalecerse, la reafirman, sostienen lo viejo, restablecen lo que tratan de destruir.

 

 

El pasado ha conducido a la situación en que nos encontramos y buscamos resolverla apoyándonos en ese mismo pasado, pues recurrimos siempre al repertorio ideológico de la humanidad, sin percatarnos de que todas las respuestas dadas por el hombre no tocan la raíz del problema, que es el hombre mismo.

Las ideologías tienden a ser un arma más del yo, que es la fuente de donde brotan los problemas. Ellas fortalecen al que las produce.

Siempre creemos que podemos hacer una historia distinta, siendo históricos. Paradójicamente, sin salirnos de la historia, no podemos cambiarla, hacer nada nuevo; y abandonar la historia es abandonar el yo.

Caemos siempre en el mismo punto.

 

 

Consideramos carente de sentido lo que ocurrió antes de que nosotros llegáramos al escenario; pero no aquello en lo cual intervenimos. Procedemos como si el hombre anterior a nosotros se hubiese equivocado y nosotros estuviésemos destinados a corregirlo. Pero ocurre que nosotros somos ese hombre anterior. 

Al actuar lo hacemos desde él.

Sin embargo, creemos que «ahora es diferente», que no somos inmaduros y que con nosotros termina la puerilidad de la historia. En realidad, no somos garantía de nada. Si algo podemos garantizar es una repetición básica. Solo un cambio de conciencia, más allá de las ideologías, puede sacarnos de este impasse.

 

 

Sobre las drogas: No tienen nada que ver con la espiritualidad, si es que esta palabra puede usarse o significa algo. La inusitada asociación droga-búsqueda espiritual, no hace sino debilitar a los presuntos adversarios de la sociedad. A la larga esta sale fortalecida.

Además, si el móvil es la búsqueda de placer o de nuevas sensaciones o de experiencias extraordinarias, no sale tampoco de los límites de la sociedad. Todo esto forma parte de su campo, que es el mismo de la mente, el mismo del yo. Tampoco por este camino se puede romper amarras.

¡Pensar que todo ha sido una invención de la juventud norteamericana, que a su vez imitó a Aldous Huxley, a Alan Watts, a Timothy Leary!

Ninguna corriente —ni el hinduismo, ni el budismo, ni el teoísmo— proclama el uso de drogas. Hago esta referencia porque a la juventud le interesa el pensamiento oriental, pero creo que ningún sistema, ninguna concepción, ninguna religión de Oriente o de Occidente, pueden resolver el problema humano.

 

 

Traduzco parte de una entrevista que figura en el libro Zen: Poems, Prayers, Sermons, Anecdotes, Interviews. Un norteamericano, Lucien Stryk, conversa con Taigan Takayama, maestro Zen. «Stryk: Ud. sabe que el Zen interesa a mucha gente en mi país. Creo que en Kyoto lo han abordado a Ud. muchos norteamericanos que buscan explicaciones. Por lo que ha leído y observado, ¿cree Ud. que esos norteamericanos que se consideran hombres-Zen, y son muchos, saben lo que es el Zen? Tomar drogas, cosa que Ud. ya ha comentado, ¿no le parece una confesión de derrota? ¿Y qué opina de los que creen que el satori o algo semejante puede lograrse mediante la bebida o una fuerte actividad erótica? Por último, ¿tiene el Zen algo que ofrecer al occidental serio, que no desea seguir una disciplina pero anda en busca del verdadero camino? Takayama: Bueno, me gustaría conocer esos norteamericanos de que Ud. habla antes de emitir una opinión. Pero, sí, tomar drogas en relación con la búsqueda del despertar, pudiera considerarse como una confesión de derrota. De igual manera, los que se dan a un beber excesivo y a la caza de mujeres y tienen esperanza en liberarse a través del Zen, se engañan a sí mismos. Ciertamente no conocen este viejo decir Zen: Un hombre de consumada actividad no sigue reglas. El Zen ofrece Algo a quien sea, occidental u oriental, pero lo que ofrece está más allá de la comprensión conceptual. En verdad el Zen está siempre ofreciendo ese Algo, y ofreciéndolo directamente. Lo que pasa es que la gente parece no captarlo».

 

 

Use drogas quien lo desee, pero no las declare sagradas. Este puede ser otro ardid de la mente que necesita justificación. La mente sacraliza lo que ella misma produce, lo que segrega, lo que le interesa, y no hay nada que no pueda justificar. Este último rasgo, su capacidad para «explicar» todo, la invalida en cierto modo. Es importante darse cuenta de ello.

 

 

El joven «iracundo» que al lanzar acusaciones contra cualquier enemigo, lo hace en una forma igual a la que este emplearía, no se diferencia de él. Ambos están en el mismo terreno, que es el de la sociedad, pero lo que exploramos es la posibilidad de romper con la sociedad y esto solo puede hacerse en nosotros.

La forma de la protesta, por ejemplo, es generalmente la violencia. El joven usa contra una sociedad que está fundada en la violencia; y al usarla se ata más a la sociedad. Está empleando un arma que es la esencia misma de aquello contra lo cual la dirige.

A la larga la sociedad, no esta o aquella sociedad, sino la sociedad, triunfa con sus propias armas.

Si se emplea la no violencia se sigue también dentro de los confines de la sociedad. La no violencia, como algo que uno se impone, viene a ser otra de violencia. La única vía es ver a la sociedad en nosotros, vernos a nosotros mismos, y desde una comprensión nueva, actuar.

 

 

El hombre es un ser radicalmente frustrado. Los poderes del yo le han impedido realizarse. ¿De qué manera? Para preservarse, el yo crea, a partir de un descubrimiento fundamental, religiones que después desvirtúan o niegan totalmente ese descubrimiento. O movimientos que terminan adaptándose a las mezquinas exigencias del yo, exigencias que tienen su base en el pasado. O ideas que la inercia invade quitándoles su sentido.

 

 

Es saludable darse cuenta de un hecho muy difícil de ver, pues nuestra mente no está acostumbrada a este enfoque: las diferencias entre los hombres se erigen sobre un fondo común.

No ver esto alimenta el maniqueísmo que nos corroe, que afecta a todos los seres humanos. Nosotros somos los buenos. Los demás, los que no están de acuerdo con nosotros son los malos, los herejes a quienes debemos quemar. Este mecanismo es congénito en el yo, lo necesita para sobrevivir. ¿Se ha dado, en realidad, un paso que nos separe de esta perspectiva? Estamos en el mismo punto que ha hecho de la historia lo que ella es, un recuento de matanzas, con treguas para descansar, reponerse y estar en condiciones de iniciar otras matanzas.

Salirse de esta manera de ver es comenzar a liberarse, pero antes hay que observar en nosotros el maniqueísmo.

 

 

Si los jóvenes comprendieran este simple hecho, ¡qué remoción de cosas gastadas habría, qué conmoción! Es una pista para investigar. En cierto modo, yo no soy diferente de aquello que combato. Los contenidos de las partes en pugna varían, pero la forma que utilizo me iguala a mi adversario. Sin embargo, un movimiento puede negarlo a él y negarme a mí: romper todo marco, y ser la vida, moviéndose.

Ser la vida. Esta es la mayor de las revoluciones, y ella acaba con la sociedad, tal como se ha entendido hasta ahora, la cual ha sido la negación de la vida. Ser la vida significa vivir desnudamente, con los hechos, sean los que sean. Convivir con todo lo que hay, convivir atento. Estar con lo que es, con lo que se es. Estar ante la realidad, que es impenetrable para el pensamiento, sin ninguna clase de intermediarios. Estar frente a ella, el misterio de los misterios. Esta es la suprema revolución.

Vivir en lo que Cario Suares llama el misterio del «Hay».

 

 

Hay. Es una constatación. Hay… tal es mi constatación de base. Hay un Universo. Hay luz. Hay luces. Hay una Tierra con una atmósfera respirable, Hay vida. Hay movimiento. Y hay conciencia de todo eso. Hay una conciencia humana frente a todo eso, la cual experimenta la necesidad de constatar ese «hay», y ninguna otra cosa. Hay, y es todo. Hay, y no ir más allá. ¿Por qué? Porque «hay» es incomprensible. La presencia de un solo grano de arena entraña un misterio que confunde a la imaginación. Yo me penetro de esta idea, de esta contemplación, de este estupor. Tanto me lleno de ella que no queda lugar en mi espíritu para ninguna religión de ningún tipo. Amigos míos que son cristianos, judíos, musulmanes, bramanistas, me dicen que sus religiones son las únicas verdaderas, verdaderamente reveladas. Para cada uno de ellos, la suya es la revelación. Y cuando examino la naturaleza de esas «revelaciones», veo que el misterio de los misterios, el «hay» en estado puro, en estado inasimilable, insoportable, ha sido disfrazado, cocinado, transformado en algo masticable por cada religión, a fin de desviar a los espíritus de la simple comprobación de que vivimos en un mundo impensable. ¿El misterio del «hay»? Pero si es tan simple. El universo, gracias a un ser doblemente misterioso ha sido creado en virtud de un triple misterio… (¿No lo sabía Ud.? Pero si es la verdad). O bien: un ser doblemente misterioso, Brama, sueña el universo; el triple misterio no es creación, es sueño… (¿No lo sabía Ud.? Pero si es la verdad). A esto se reducen las falsas evidencias de las religiones que se autodenominan reveladas: agregan dos misterios al misterio, y los relatos infantiles que de ahí surgen, adormecen los espíritus con falsas explicaciones. El misterio real, inmediato, actual, constante, aquí, presente, a toda hora del día y de la noche, el hay, es así escamoteado, lanzado a las tinieblas de los santuarios, repelido hacia un pasado que no existe (el mundo «ha sido creado» puesto que existe, no le dé (Ud. más vueltas) o hacia un porvenir también inexistente (cuando muera, lo sabré todo). Cario Suares, Critique de la raison impure.

 

 

Este texto nos lleva desde el ámbito de la mente, el ámbito de las explicaciones, a otro donde todo por qué y todo porque pierden vigencia.

La facultad de buscar explicaciones no queda eliminada sino que pasa a ocupar otro puesto, menor, pues ha usurpado el de la vida. Tal facultad es indispensable en su propio nivel. Por ejemplo, no puede haber investigación sin ella.

No nos damos cuenta de que nuestra vida se empobrece cuando gira alrededor del por qué.

La mente es movilización para explicar. No se queda nunca tranquila, en el único estado que permite un contacto verdadero de nuestro ser con todo lo que existe. Hay que aprender esta nueva vida, pues estamos habituados al estilo mental.

Hemos vivido en el reino de los procesos mentales, y esa otra vida callada no está al servicio de ellos. Al revés, ellos están subordinados a la vida. Es un cambio de acento, no una eliminación. Se trata de invitar al pensamiento a la humildad. Para ser vida que usa el pensamiento y no pensamiento que subyuga a la vida.

El pensamiento dejará de utilizarnos.

No hay preguntar.

No hay responder.

Porque no hay respuestas, y lo que existe pesa de manera tan absoluta que todo interrogar queda suspendido.

 

 

Surge una nueva actitud.

El pensamiento enmudece, pero ello no produce desesperación, sino más bien una especie de contento, un espacio en que la realidad brilla como tal.

Al pensamiento lo remplaza un no saber silencioso. Un estado que no anda en busca de respuestas. Ese no saber es una tierra desconocida.

¿Por qué no ha sido explorada?

Puede que tenga una riqueza superior a la del pensamiento.

 

 

Extravío es creer que hay vías.

Todas son alejamiento de la realidad.

Comprender esto es situarnos en el corazón de la vida.

 

 

Cualquier niño es capaz de hacer preguntas que derroten a todos los filósofos.

 

 

«Fritz (Perls) dijo, Ud. no estuvo aquí estas tres últimas semanas de trabajo.

Yo dije: No, no estuve aquí.

Ambos fuimos indios». (De Don’t push the river, de Barry Stevens).

La autora quiere decir que hablaron como indios norteamericanos.

Las frases parecen revelar el encuentro de dos mentes sosegadas.

La eliminación no deliberada del por qué traduce un cierto estado de quietud. El brevísimo diálogo, que surge del silencio y conduce a él, pues no alimenta, no moviliza con preguntas la mente, se sale del módulo habitual de la conversación.

Liberado de interrogantes y explicaciones, el discurso deja más espacio para estar con los hechos; se ha reducido a declaraciones factuales; no invita a más palabras, y sin embargo este no es un empobrecimiento. Recuérdese que la otra función del lenguaje, la función corriente, explicativa, razonante no desaparece sino que ocupa su lugar. Al intelectual le puede parecer escandaloso todo esto, pues su elemento es la palabra. Pero la primacía que le da a ella le hace perder en parte la realidad. El tributo que paga a los dioses del verbo es el mundo del sentir, del sentir no palabrero.

La garrulería usual nos mantiene prisioneros de los procesos de la mente.

 

 

 

La revolución profunda pertenece al ámbito no verbal, aunque la palabra sigue siendo imprescindible.

 

 

¿Qué sitio ocupan en esta perspectiva las drogas y el sexo?

Hay que empezar por separar estas dos palabras que suelen verse, a menudo, sospechosamente juntas.

Las drogas son una desviación de la vida y el sexo es natural como cualquier movimiento que venga de ella. ¡Qué empeño en mezclar ambas cosas! ¿No es esta una táctica más de los enemigos del sexo, pero de los que se presentan como sus amigos?

Tal vez muchos de los que impulsan la droga son los que odian el sexo, y esta sería una de las afinidades de la droga con las religiones, el rechazo del sexo. Más aún, es posible que la droga haya cobrado auge, entre otras razones, por la necesidad de aliviar la culpa producida por la llamada desrepresión o antirrepresión.

Recuérdese que la cultura occidental está fundada sobre una serie de mitologías (y la oriental sobre otras), que una de ellas es la Biblia, seguramente desfigurada por trasvasamientos que le han hecho perder su sentido original, ya irrescatable, y que esa Biblia, directa o indirectamente, ha entrado en nuestra médula.

¿Qué significa esto?

El delito capital de la Biblia, tal como nos ha sido transmitida, es el del sexo. No hay otro que lo supere. (Aunque delito es lo que tal Biblia ha hecho al hombre: sembrarle en su inconsciente el odio a la vida a través del odio al sexo).

¿Es raro entonces que cualquier intento por sustraerse a ese código produzca ansiedad en el individuo, desconcierto de fondo, miedo al castigo del Gran Padre, del padre supremo, y que inerme, busque alivio, y que no basten los que la cultura le brindó tradicionalmente? Pues la transgresión es demasiado grande y parece que engendrara un miedo mayor a todos los anteriores. Se ha violado la principal prohibición que existe en nuestra cultura, o (al vez la segunda, siendo la primera la que preserva al yo. Esta sería la que impide al individuo verse realmente, aunque semejante prohibición no exista expresamente y nuestra cultura haya jugado con la idea del autoconocimiento. Es como un tabú tácito que resulta muy explicable: el primer ídolo de nuestra cultura idolátrica es el que los contiene a todos, el yo, que ve como peligrosa cualquier exploración verdadera de sus dominios. A propósito: el iconoclasta que no derriba al hacedor de imágenes que es él mismo no ha dado un paso, aunque crea que los ha dado todos.

 

 

¿Por qué, se pregunta uno, es tan grave el pecado de la carne, por qué es tan tremendo para la tradición judeo-cristiana-occidental?

Creo que los que hicieron o adulteraron la Biblia así como los cristianos post-paulinos eran preservadores del yo —el yo como detención, dique, resistencia ‒ y le tenían temor a la vida. Así, se ensañaron contra lo que les parecía representarla mejor (representar mejor la naturaleza, pues creaba más vida), contra el sexo, y esto quedó metido en nuestra cultura.

Pero la desrepresión o antirrepresión trae sus propios problemas porque como toda reacción, tiene su raíz en aquello de lo cual quiere liberarse, y se hace sin verdadera comprensión del problema de fondo, que en este caso es el miedo ancestral a la autoridad del padre supremo, infantil engendro antropomórfico del hombre que se pone a imaginar un dios y no puede imaginarlo sino como él mismo y luego tiene que atenerse a las consecuencias, pues crea una deidad llena de odio, de su odio.

Ahí parece estar una de las causas de la crisis actual.

Hay otras prohibiciones y todas son castigadas por una deidad. Una deidad castigadora ¡qué absurdo! Es el colmo de la locura, y pensar que hemos vivido dentro de esa locura. Semejante deformidad solo puede ser producto a su vez de una mente enfermiza que castiga y se castiga.

 

 

¿Se están cerrando todas las salidas en estas anotaciones?

Al no haber ninguna quizá podamos salir del círculo mágico del pensamiento, que es el reino de las «salidas» que nos reconducen al mismo pensamiento, y seamos por primera vez sencillos y sobre nosotros no graviten Biblias de ninguna clase, ni nada, absolutamente nada, sino que estemos frente al insondable «hay».

 

 

La desrepresión va acompañada, pues, de miedo. Va contra la represión, que es un fenómeno interno —se ha internado en nosotros, en el hombre, impidiéndole ser plenamente—. Lleva siglos en el cuerpo para ser enfrentada por un movimiento superficial de la voluntad. Tiene que haber otra solución, más profunda. Otro tipo de arrasamiento que no depende de ninguna decisión. Algo que derribe sin esfuerzo las defensas.

 

 

Nuestra cultura se asienta sobre el odio a la vida.

Pero, ¿por qué ese odio, que no se muestra directamente, pues sería escandaloso, sino como odio al sexo, después de decretarse su condición de pecado? ¿Será por ser la vida, en cierto modo, negación del yo? ¿Se tratará de otra jugada del pensamiento para protegerse? Si esto es así, estaríamos dándonos de bruces contra el problema de fondo. Se trataría de un inmenso disfraz del cual ha sido víctima nuestra cultura y nosotros.

En última instancia el problema se reduciría a este encadenamiento: odio a la vida, personificada en el sexo, para preservar el yo.

La aversión es contra la vida porque la vida, ese «hay» obsesivo, vista desde el yo es el mayor de los escándalos. Inasible, incomprensible, ingobernable fluir que desafía el profundo apego del yo a su propio status, a su continuidad, a su permanencia.

De manera que desembocamos en el mismo punto de donde partimos rece que no hay manera de alejarse de él. Es nuestra sombra.

 

 

La droga es enemiga de la vida, como las religiones, las ideas, las naciones, y ha cobrado tanto auge en el mundo actual porque el individuo no encuentra una manera natural de vivir, fuera de la acechanza de la angustia, que está vinculada a la lucha del yo por realizarse.

Otro de los motivos de sufrimiento es el que se relaciona con la culpa sexual (o mejor, vital, pues aquella se hace extensiva a todo lo que sea vida). Otro, sobre el cual vuelvo, es ese vivirse como personaje, con un sentido de la importancia propia y en trance de realización (personaje al que la muerte le quita todo), y no vivirse como fuerza de la que no somos dueños ni podemos entender, pues vivirse así barre el yo.

Somos esa fuerza y no sabemos qué somos, no sabemos qué es este cuerpo y esta sangre y este rostro, en realidad, no sabemos (salvo dentro del limitado campo relacional del conocimiento en que unas cosas se explican por otras, pero no existe razón final).

La noria del pensamiento queda paralizada cuando nos damos cuenta, con nuestro corazón, de que no sabemos ni podremos saber, y que no tenemos jurisdicción sobre lo que somos, es decir, lo más cercano, ni sobre lo más lejano, y sentimos algo más tremendo aún: que lo más cercano es igual de insondable a lo más lejano. En otras palabras, que somos la carne viviente de lo lejano, o lo lejano en carne viva. Somos el misterio mismo. Ya no un nombre entre los nombres con que lo tapamos, sino él en toda su desnudez, y todo cae, y solo se muestra él.

 

 

Cristianismo más Occidente igual a Civilización hipócrita en que las ideas han servido para encubrir los hechos. Sería interminable una enumeración de contradicciones. La más flagrante, la más vergonzosa es la de que no conocido un siglo sin guerra y al mismo tiempo no haya cesado de declarar su amor a la paz. De los labios para afuera ha sido una cosa, adentro otra, y lo que ocurre en la sociedad ocurre en el individuo. Por ejemplo, habla de fraternidad y no puede vivir a la par de lo que dice.

Las contradicciones de la sociedad son las mismas del individuo. También las soluciones. Así, contra tal civilización insurge una parte de la juventud, pero lo hace casi siempre con las armas que esa civilización le ha dado. No hay un corte, un salirse de la trampa, un dejar el viejo engranaje, radicalmente, porque la reacción contra la sociedad lleva en sí a la sociedad. No le da la espalda sino que está contra ella, y por eso sigue en su campo. A la larga se regresa a la exaltación, al revés, del yo.

 

 

Creemos que debemos hacer algo, y es cierto. «Hay que estar en algo», es una frase que se oye a menudo. Sin embargo, para hacer, se requiere tener claridad, y esto es lo que no abunda.

¿Hacer sin vernos a nosotros mismos, sin habernos dado cuenta de todo nuestro condicionamiento? ¡Qué pretensión! En este hacer, compulsivo, está el problema, pues cada quien aporta, con mucha seguridad, su falta de lucidez, sus problemas psicológicos, su «posición», y de este concurso de obnubilaciones no puede surgir sino oscuridad.

 

 

El movimiento de los jóvenes es, a pesar de todo, un fenómeno muy importante del mundo actual.

Tal movimiento puede ser el germen de una nueva vida, si las fuerzas del pasado, las fuerzas de la inercia, las fuerzas de la sociedad, de la historia y del yo no lo destruyen.

Pero ningún «regreso» podrá ser respuesta.

Es necesario abandonar todas las soluciones inventadas por el hombre, pues la historia demuestra que son inconducentes. ¿O es que seis mil años y más de destrucción no bastan para indicarnos que el camino ha sido equivocado? Nada de lo que la mente ha creado le ha traído felicidad radical al hombre. Este es un buen punto de partida. Ver la futilidad de las ideas frente al hecho de nuestra vida.

 

 

Cuando se encuentran frente a una situación difícil, tanto individuos como sociedades suelen recurrir al repertorio de respuestas que les ofrece el pasado. Este es el movimiento usual. La mente busca entre sus provisiones. Pero toda situación es nueva. De ahí que cuanto provenga del ayer resulte inadecuado, y no salgamos del desequilibrio entre la novedad de lo que surge y la vejez de las respuestas. Así, seguimos en el pasado, entre los muertos. Los muertos nos usan.

 

 

Hay que enterrar el pasado, constantemente, cada vez que surja. Me refiero al pasado psicológico. Es decir, tenemos que enterrarnos a nosotros mismos para renacer.

Si no se rompe con lo que ha sido el mundo del hombre, no será posible crear otro mundo. Esto tan sencillo es lo que los pensadores, los ideólogos y los políticos no comprenden, quizá porque es sencillo, tremendamente sencillo.

 

 

 

El texto «Juventud, historia, cambio» del poeta Rafael Cadenas está publicado en el número 4 de la revista Zona Tórrida editada y publicada por el Departamento de Literatura de la Dirección Central de Cultura. 

Las pinturas que acompañan al texto son obras del artista norteamericano David Ligare.