Gestación en alta hoguera

Aproximación a la respiración en «Emaús y el vientre de arena»
de Robert Rincón

 


Edda Armas

El autor entra a la escena con su escritura de gestación en alta hoguera, en la que otro poeta, Francisco José Cruz en su biblioteca de Carmona en la Andalucía de García Lorca ha dibujado una mesa*, diciendo de ella «que sus patas fueron antes raíces» (…) y que esa mesa «necesita sentir encima cosas como si fueran pájaros dormidos confiados al ser de la madera». Y en ‘esa mesa de patas torneadas con raíces soportando el peso de las cosas’ de la que con sensibilidad táctil nos habla el poeta Francisco Cruz, es donde veo yo sentarse calmado al autor de Emaús y el vientre de arena, sopesando lo que entorno o sobre ella ocurre, con ritual del comensal que ofrece comunión y alimentos para llevar su cuerpo a la música, y en lo posible, convivamos como dice el primer mandamiento.

Robert Rincón, poeta valenciano nacido en 1985, viene construyendo decantadamente -gestándola en alta hoguera- una voz que valoro sosegada y calibrada, destacando con méritos bien cosechados en el pujante campo travieso de la poesía actual escrita por jóvenes poetas en Venezuela. Juan Gelman escribe: «Cada ciclo de poemas anuncia y cierra el que vendrá» y así obra este autor, pues a Emaús y el vientre de arena le precede Mercaderes (Ediciones UC, 2010): nicho propicio donde ya gestaba este segundo libro.

La poesía de RR engancha al lector desde el inicio del libro, con el ritmo que lleva. Con versos cortantes ejercitando la maestría del poema breve, o de estrofas con pausas de espacios blancos, haciendo lugar a la degustación de sentimientos que van tomando cuerpo en las metáforas que se despliegan, con cuidadosa inserción de cada palabra en el poema. Toma partido en ello la mirada aguda que desnuda y registra, puesta en circunstancias exteriores con lenta y acuciosa interrogación de las relaciones establecidas, pero también avizorando con mirada interior lo que subyace a la paciente escritura.

Es un poemario de alta belleza formal en la construcción de las imágenes logradas, donde la mesa es un elemento escenográfico central dispuesto para la comunión con panes y vinos simbólicos, exaltado el valor de lo inmaterial al bendecir lo que se tiene, pero asimismo aquellos vacíos que aparecen en el día a día de nuestras conflictuadas vidas. Invitados por su palabra poética, al camino de retornar a otros rituales, de revalorar y cargar de nuevos significados la puesta en escena de los actos del compartir gozoso en familia, para sobreponerse a las penas, o a los posibles estados del dolor en el abismo:

«Comer con la familia es otra forma de orar
y mirar con otros ojos la voluntad
de masticar el vacío» (pág. 17)

En este poemario, Rincón le expone al lector su tempo poético en dos apartados, justificados en su sensible formulación. Palmo abre, como «acto de medir cuando se come» con 18 poemas. Sonora cierra, como «acto de soplar en el vacío» con 17 poemas -en los que se aprecian reverberaciones desprendidas de su conocimiento musical aplicados inteligentemente al lenguaje, tanto al ritmo del verso como al uso de los espaciados en el poema, pues Rincón también es músico, instrumentista del Bajo.

A Palmo le entramos interrogando con Montejo: « ¿Qué puede una mesa sola/ contra la redondez de la tierra? Respondiéndonos el poeta del Taller blanco: -Ya tiene bastante con que nada se caiga / cuando las sillas entran en voz baja/ y en su entorno a la hora se congregan», y con la afirmación severa pero esperanzada que formula Pérez Só, al decir: «he dejado que la muerte/me socave/no he hecho nada// no puedo recobrarme/ y acepto mirar/ el sol cada mañana/ y a cambio he podido/ poner la mesa y/ sentarme a comer» con una promesa explícita formulada:

«Otro solo renace en el ayuno / tiembla la mesa donde la soledad /
no es un juego con el tiempo //un abismo se forma en el cuerpo/y
la carne debe aprender a subir/o bajar con sus propias fuerzas //
de eso se trata cuando la frente/ se posa en el estribo de la madera
y el ejercicio continúa…» (pág. 23)

y más adelante, en este mismo poema:

«el latir sobre la mesa es una reverencia/ desde abajo»

Así de incisivo es este poeta cuando redondea la precisión de las emociones en el poema. Cuando asume conclusiones que incluyen la aceptación de la muerte o de las varias formas del amor:

«No hay que beberse los sueños en la mesa/ para saber que
la muerte es una pared/ que se forma en el cuerpo// quizá me
encamine al corazón / y la cabeza se sienta y no al contrario//
me enseñaron a darle vuelta al amor /mostrando un animal
incompleto / ¿un camino al alma?» (pág. 27).

Arena, polvo, horizontes, canto hondo, desiertos, levaduras y mandatos van crepitando a lo largo de este primer capítulo, para decirnos sin atajos, y con alta convicción en su decir poético que:  «Una luz se abanica en la casa / y se abre en la cena// juntos

 nace una balada/avisando tu canto hondo /que es de nuevo comer
// tu quinto mandamiento/ sale de la cocina/ sirve pan y agua//
recordando que la muerte / es vecina / y no el viento que se saborea /
en la mesa.» (pág. 33).

El lector de Emaús y el vientre de arena, percibe pronto la delicadeza del autor al escoger a los poetas que le acompañan con versos en epígrafes. Afinidades confesadas, vienen a sentarse en esa mesa de patas que «aunque las tenga lisas, torneadas», simbólicamente le acompañan en el ritual de extender el territorio de las correspondencias admitidas. Así visto, sopesamos en este sentido, como al segundo tempo, signado por la palabra Sonora, lo apertura con una elocuente cita conceptual del poeta místico persa Yalal Al Din Rumi (erudito religioso nacido en 1207) la que ahora les comparto, pues devela la forma de concebir la poesía por parte de nuestro autor, haciéndola pulso latiente a lo largo de este segundo capítulo: «Corazón mío, canta como un ruiseñor la canción del anhelo más hondo el sonido de mi voz pone un hechizo en cada piedra, en cada espina.»

Los 17 poemas de Sonora, traen sonoridades puras y exaltadas, pulsadas en las cuerdas tensas del instrumento que hacen cantar al poeta «después de haber comido» para que la «melodía tenga su atrevimiento de hombre a las puertas de un agradecimiento», queriendo este «que sea fiel al mediodía/ y el olor de las notas no se confundan con la calma que tiene la casa», resonando alguna llamita del Fausto de Goethe como telón de fondo.  En su andar, el poeta, pauta que saberse:

«sincero es hurgar /el silencio que me obliga/
aferrarme al borde de la cama/ y adentrarme en
el pantano que guarda mi estómago» (pág. 59).

y hace evidente la comunión que en su voz espina lo espiritual, apuntando también que: «si el Señor pudiera/ él sería tierra/ por donde camines/ monte/ por donde corras.» (pág. 63). Dando cuenta del percibir los equilibrios o la falta de ellos haciéndose mentiras y la austeridad asumiendo el ayuno y el guardar silencio en la liturgia personal del hombre que medita y calla, hurga y escribe:

«la columna/ armadura que somete a la cabeza/
con trucos de falsa balanza// para concluir /no agacho la
cabeza por temor/ sabiendo que la serenidad revela el
aliento/afirmando lo bello cuando callo.» (pág. 65).

Y así, el poeta mira la piel que se levanta como el polvo del silencioso desierto atravesado de múltiples formas y tantas veces en la vida, y la sonoridad que de ello se extrae: «cuando por dentro los ecos lo levantan» y él se «sienta de nuevo a tocar el instrumento» (pág.69) con «la voluntad convertida en fuerza para estirarse al cielo» (pág.83). Así su sonoridad cantada, plegada a su respiración interna, invoca el despojamiento para que «el cuerpo nazca de nuevo dejando las pezuñas en la tierra y el cuero como coraza de la mentira». (pág. 83).

Recordemos que fue con Emaus y el vientre de arena que Robert Rincón se alzó con el Premio de Poesía del V Concurso Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo»  en 2014, siendo jurado junto a María Clara Salas y Néstor Mendoza (ganador con Andamios en la edición IV de este Premio Nacional Universitario de Literatura, igualmente en Poesía). Transcurrieron tres años para que viera la luz impreso en papel, como lo ofrecía las bases del certamen, en la Colección Papiros de Poesía de Editorial Equinoccio, Universidad Simón Bolívar, celebrando la alianza con El Estilete que lo hizo posible.

Atentos quedamos a lo que horneará en otras altas hogueras en decantación poética con su respiración pausada, en un tercer ciclo que sospechamos que ya gesta, con la madurez sensible que lo distingue, nuestro respetado y apreciado poeta Robert Rincón.

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Nota:
*Poema La mesa de Francisco José Cruz. En: Hasta el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007. Ediciones elotro@elmismo. Mérida, Venezuela, 2007. Pág. 31.

 

 

Edda Armas. Caracas, Venezuela, 1955. Poeta con obra publicada desde 1975. Psicóloga social por la UCV. Promotora cultural. Directora literaria de la Colección Dcir de Poesía venezolana. Entre sus libros más recientes: A la hora del grillo (Col. 2 Alas del Ángel Editor, Quito, 2016), Alas de navío (Ediciones Caletita, México, 2016), Roto todo silencio con ilustraciones del artista rumano Daniel Medvedov (O.T. Poesía, Caracas, 2016) y Sin negativo ni estaciones (Kalathos, 2012). Autora incluida en antologías internacionales recientes: El Libro de los animales editado por Planeta Lector en Bogotá, 2017; Antología de Poesía Latinoamericana de Hoy bilingüe, traducción al italiano por Emilio Coco (Rafaelli Editore, Italia, 2016). Es Premio Municipal de Literatura en Poesía de la Alcaldía de Caracas 1995 por su poemario Sable, y en 2002 recibió el Premio de la XIV Bienal de Poesía J.A. Ramos Sucre por En bicicleta. Edda forma parte del consejo de redacción de Poesía.

Palabras leídas en la presentación del libro Emaús y el vientre de arena, en la 18° FILUC, Valencia, 3/11/2017. La ilustración de este post corresponde a un detalle de la obra «Camino a Emaús» de Duccio di Buoninsegna.