Frontera

Diego Brando

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Un viejo prejuicio bucólico nos ha hecho creer que la tierra es justa porque hace al hombre justo: la vida campestre no conoce de la usura ni de la discordia de las armas, la circularidad de los ecosistemas prodiga al hombre una vida sin robo ni mentira, más bien rica en múltiples recursos, ocio y exhuberancia en paisajes. Tales ideas resuenan en las intuiciones de quien observa la armonía autónoma de lo pequeño, la recurrencia de las estaciones del ciclo solar, la complementariedad entre la flora y la fauna, el brillo humilde de lo que está más allá de las fronteras del sujeto, en fin, todo aquello que hay de universal en lo particular. Quizás desde Teócrito y Virgilio, la tradición poética occidental ha guardado y reproducido esas candorosas ideas que muchas generaciones han visto como las condiciones de posibilidad para otro tipo de relación de la humanidad con la Naturaleza, y de los hombres y mujeres entre sí. Ignorando, primero, que tales tradiciones nos han sido legadas e impuestas por civilizaciones citadinas, esclavistas y guerreras, que fundamentaron su riqueza y la expansión de sus bordes, no en su propia agricultura, sino en los tributos que cobraban a las periferias conquistadas a sangre y fuego. Y segundo, que afuera, la naturaleza es tan tormentosa, ardua y violenta como adentro. Diego Brando eleva su poética rural desde esa falla de borde, cierto de tempestades, fiebres de soyas forrajeras, caprichos e inclemencias climáticas. En sus poemas de corte descriptivo y alto trabajo objetivista, el yo que relata da cuenta de una sujeción atípica a los elementos y a las alteraciones contemporáneas a la experiencia del tiempo, mientras transita en cinco momentos desde un habitación interior, incierta, insomne e infernal, a un espacio exterior con mal tiempo, igual de incierto. Ya han señalado que lo eglógico en la Frontera de Brando no adolece del prejuicio Virgiliano que pone a la bondad del campo por encima de la ruindad de la ciudad rentista, aunque no deje de exhibir sutilmente la fuerza (¡destructiva!) del siglo XXI. Brando no ensalza al falaz y supuesto poder del hombre sobre la Naturaleza, tampoco cede al romanticismo de utopías infantiles. Aunque no cultive la brevedad, su voz de campo más bien parece estar impregnada de los principios estéticos japoneses: el yugen en la misteriosa presencia y mirada del gato, animal medio doméstico, medio salvaje, el sabi en la sencillez de la construcción de ambientes cotidianos de amistad y familia, el shiori en la sugestión de significados profundos en versos simples y estructuras austeras, el ozu yasujiro en la sucesión de imágenes fotográficas, como bien lo apuntó Diego L. García, para secuenciar viajes hacia tempestades inevitables en compañía de una luz quebrada por el agua. Y finalmente, pero no menos importante, el mono no aware, que aparece como experiencia de lo transitorio, lo inevitable del cambio y la vejez, el valor instantáneo e irreemplazable que tiene cada cosa en un mundo que se mueve, cada vez más desigual, a velocidades desquiciadas y brutas. La influencia oriental no es explícita, –aunque Thoreau, delatado en un epígrafe, podría pasar como un oriental liberal fuera de fase– por lo tanto, no es hiperbólico aseverar que el manejo de esos principios le viene a Brando desde la tierra, la misma aunque sea otra que la de una recóndita isla al otro lado del mundo: Diego parece haber cruzado una frontera, distinta a la que representan los mapas políticos, para entrar en un contacto honesto y desprejuiciado con la biosfera en su estado real, sin esperar justicias y paces que a veces parecen ser más atributos de dioses útiles a Roma, que de personas reales y trabajadoras. En su libro Frontera quedan las huellas del remanso de una espiritualidad necesaria para reconstruir una ética-estética hacia las nuevas formas de vida que la Naturaleza nos demanda.

César Panza

 

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Interior

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Un día
vamos a despertar
y a mirar la mañana
como algo benigno.
El sol
entrará con un calor transparente
y el desperezarnos
bajo el sol
va a ser una buena señal.
Irene Gruss

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Escucho llover,
aunque lo más probable
es que afuera el cielo
sea un campo celeste.
Me confunde quizá
el sonido del ventilador de pie
que sin embargo
no alcanza el súmmum
de sus primeros años.
¿Me conviene dormir
en el comienzo de la primavera
y del inminente equinoccio?
¿O habrá que ir
a los espacios verdes
a contemplarlo?
Entre el adentro y el afuera
hay una frontera, que sin dudas
pide ser traspasada.

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El gato
que desde el tapial mira
mi figura recortada
detrás de la reja de la ventana
no sabe de mi miedo,
aunque, quizá, lo intuye.
Para disimularlo,
alterno mi mirada entre el lucero
y las hojas que dejó caer
la tormenta.
Tirar el cigarrillo,
producir un incendio
sería, al menos, una solución:
la de hacer del temor
un espectáculo.

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Miro a través del vidrio,
la luz y el jardín
son un dios nuevo.
El interior se esconde
y contrasta.
Muevo la alfombra
con un pie
y sostengo
la puerta corrediza,
la vida
siempre estuvo afuera.

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Umbral

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Me recuesto, dócil
a la inclinación
del universo sereno.
Giuseppe Ungaretti

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Mi gata es una mancha blanca
en la oscuridad del jardín,
la electricidad, que desde ayer
falta en el pueblo, está en las estrellas.
Sentado en la vieja reposera de mi abuelo,
siento el calor y el humo de los espirales
que se filtra por las ventanas.
Podría encender un cigarrillo o destapar
un viejo vino regalado,
volver a los tiempos de antaño, de la falta de luz
y de los pequeños placeres domésticos.
Mi madre cambia las velas,
sintoniza frecuencias en la radio
que hablen de la tormenta, del viento desatado.
No hay noticias, quizá también
las emisoras hayan volado,
o al menos suspendido sus actividades.
Lo pienso y lo digo en voz alta,
la paz es un lugar en medio de un patio.

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No corren buenos tiempos,
pero el duraznero del vecino
crece soberbio,
traspasa el tapial
y deja caer sus frutos
sobre el rocío de mi jardín.
Lo que allí cae
es ahora de mi propiedad
y aquí no hay queja
ni reclamo que valga.
Inclino mi cuerpo,
los tomo uno por uno
y los llevo a mi boca
para probarlos.
No corren buenos tiempos,
pero si el dueño del árbol
asomara su cabeza calva
me encontraría sonriente
con el jugo de un durazno
resbalando entre mis labios.

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Me doy vuelta y veo detrás de mí
la sombra enorme de un atrapasueños
proyectada por una luz portátil
que cuelga de una soga al ritmo
de un viento leve pero preciso.
Es primavera, estoy en el patio
y trabajo noche a noche la madera.
Con una gubia tallo cuidadosamente,
busco formas como un escritor ansía
la palabra o un músico un nuevo sonido.
¿Será en vano tanto sacrificio,
dará frutos la búsqueda?
La duda me carcome durante el día,
trato de creer, de tener fe.
Cuando me acuesto a dormir en el césped
—soy un hombre de la naturaleza—,
confío en que el adminículo
de madera de sauce, piedra y plumas
filtre los malos sueños, para después
quemarse con el primer rayo del amanecer.
A la noche siguiente tomo mi herramienta
y vuelvo liviano al trabajo, busco
la paz y una obra que hable por mí.

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Campo

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Por mi parte, siento que,
con respecto a la Naturaleza,
llevo una especie de vida fronteriza
en los confines de un mundo
en el que me limito a realizar
entradas ocasionales e incursiones fugaces.
Henry David Thoreau

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Se abren
interminables
los caminos de campo
y es una tentación vagar,
aunque el día anterior
el diluvio haya convertido en barro
hasta la menor porción de tierra.
Común es cruzarse
con las camionetas de los propietarios,
informarles qué sectores del camino
se encuentran anegados, por dónde
es imposible pasar.
Baqueanos del siglo veintiuno
ante el rostro de preocupación
de los gringos —para ellos
solo somos vagos que deambulamos—,
cada tanto damos mal la información
a propósito.

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El gato de nuestro amigo
desciende victorioso
por los árboles del campo,
se acuesta sobre mi regazo
y recibe el aire del ventilador
sobre su espalda.
No es el viento,
sino el sonido
lo que lo aquieta
y le hace entrecerrar los ojos.
Es el reposo del guerrero,
la tregua necesaria.
Cuando algún amanecer ya no vuelva,
nuestro amigo buscará otro
más salvaje.
Pero ahora nada de eso es necesario,
lo mira orgulloso,
dice que se le parece.

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Un compañero vio desde el espejo retrovisor
de su camión modelo setenta recién comprado
el arcoíris que se formó luego
de la lluvia y el granizo.
Mientras nosotros festejábamos el inicio
de la primavera en la tranquilidad de un campo,
él conducía solitario por una ruta desconocida.
Tiene deudas que pagar, hijos que mantener,
su vida es un viaje continuo y sacrificado.
Hoy, en su día libre, le contamos lo que vimos,
la golondrina surcando el cielo de un punto cardinal a otro.
Él, para no ser menos, nos cuenta del arcoíris,
nos dice que lo acompañó durante cien kilómetros,
sin dudas exagera, pero no lo contradecimos.
Hablamos del granizo —«Seguro que te escondiste
con el camión en alguna parte»—, pero él lo desmiente
y dice, esta vez en serio: «Cuando viene tormenta
yo apunto con mi camión hacia ella».
Taciturno, le da una pitada al cigarrillo y calla;
nosotros, por respeto, también.

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Verano

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He encontrado una tierra encontrando compañeros,
mala tierra, donde es un privilegio no hacer nada, pensando en el futuro.
Cesare Pavese

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El ruido del tren en el paso a nivel más cercano
y la sombra proyectada de todo un grupo de álamos,
plantados pero no podados, sobre nuestras siluetas,
ponen en duda, una vez más, nuestra existencia.
¿Estaremos allí, de verdad presentes, o seremos
personajes de un pequeño drama imaginario?
En las noches del pueblo donde residimos
o, más bien, en el que soportamos las bromas
de un dios urbano que quiere por momentos borrarnos,
intentamos, a pesar del ruido, conversar
sobre nuestras vidas, o lo que sería de ellas
si las sombras y los sonidos no nos ocultaran.
Brillamos en el interior de nuestras casas
pero afuera somos apenas sombras de nada.
Levantamos la voz, nos corremos del lugar oscuro
buscando la luz, pero no es suficiente,
la escenografía de un teatro divino nos eclipsa
y un pequeño telón parece cerrarse ante nosotros.

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Cuando mi madre hace un silencio
es porque sobrevuela sus flores
un colibrí de tonos azules.
Las tardes de verano en el patio
con los gatos extendidos a la sombra
de un aromo que crece enorme
suelen tener esa manifestación divina.
El pájaro puede irse y luego volver
construyendo otro silencio.
Yo solo pienso y contemplo,
así ha sido la vida de mi madre:
un momento detenido tras otro
en el que la muerte se ha querido posar en ella
con la prestancia de un pájaro eléctrico.

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En un pueblo, cualquiera sea la estación,
los jóvenes no tenemos mayores preocupaciones,
nos sentamos a hablar en los patios.
Si el tema del clima atraviesa nuestros diálogos
es porque en nuestras vidas no pasa más que eso,
vemos el cielo nublarse, la tormenta que se arma,
la lluvia cayendo sobre nuestras cabezas.
Recibimos la lluvia como recibimos el sol,
con gratitud, y siempre sonreímos.
Es cierto que a nuestros padres les gustaría que trabajáramos.
Tenemos edad y condiciones, aunque repetimos siempre
ante la insistencia: «No seremos esclavos de nadie».
Ellos se enojan y se van, luego vuelven
como si nada hubiera pasado, y todo es calma.
Pero en el fondo estamos preocupados, sabemos
que el tiempo de la libertad se cierra sobre nosotros
como el cielo en la noche ante una tormenta de verano.

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A la hora en que los obreros retornan a la fábrica
nosotros nos dirigimos con nuestras motos a la laguna,
incluso uno de nuestros amigos nos saluda con su casco
amarillo en la mano, lo mantiene y lo mueve en el aire.
Se ríe, pero nosotros lo compadecemos, a esa hora de la tarde,
ese calor, quedar encerrado en un pequeño galpón en las afueras
de un pueblo al que nadie llega, donde no hay nada más
que el sol y las gotas de sudor que caen por nuestro pelo.
No tenemos familias que mantener y todavía la vergüenza
no se infiltró en nuestras cabezas, somos jóvenes
que alargan en sus vidas el tiempo del ocio y la vagancia.
A veces, me digo a mí mismo, ya es hora de empezar ese
nuevo ciclo, de asir a mi cabeza el casco amarillo
y la ropa de trabajo, dejar que el aceite lo ensucie
y lo trabaje con los años. Pero es solo una idea,
ahora surcamos con nuestras motos la pequeña ruta
para llegar a la laguna y sentarnos en los troncos que ubicamos
estratégicamente desde que el calor se hizo presente.
Con el paso de los años la imagen es la misma: los obreros
que entran a la fábrica, nosotros en nuestras motos,
la laguna allá a lo lejos. Pero la vida pasa y es cierto
que nuestra rutina genera tedio y que a veces peleamos
entre nosotros y alguna trompada vuela en el aire.
Cuando ya no quede nadie con quien pelear y el hastío
haya podido más que el terror al trabajo, nos pararemos
afuera de la fábrica y saludaremos con nuestros cascos
amarillos de un lado al otro de la ruta, hacia la nada.

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Epílogo

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Pero la vida de los hombres
arroja una sombra
incluso                                  
a través del sol—
hay algo
que amarga                                 
incluso los mejores días.
No se                                      
borrará.
Theodore Enslin

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El sonido calmo de la lluvia de la ducha
que cae sobre mi cuerpo
ensimismado por el trajín del día
o las contracturas de la noche anterior,
me hacen creer en una posible cura.
Pero no hay remedio allí, sino un engaño que se desvanece
cuando cierro con pena la canilla del agua caliente
mientras dejo que la fría me devuelva a la realidad.
A veces solo es cuestión de vestirme y sentarme a la mesa,
fijar la mirada en el plato realmente blanco
aunque agrietado, como mi cuerpo ahora,
para darme cuenta de que así es con todo
lo que tiene sus años y se corrompe.

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El pueblo prosperó,
el pavimento le ganó a la tierra,
las luces iluminaron las avenidas,
los barrios bajos.
Pero los jóvenes huimos de las plazas
encandilados por los faros
y las cámaras de seguridad.
Ya sin puntos de reunión,
muchos emigraron a las ciudades,
los que quedamos soportamos la monotonía
bajo los árboles de un patio.
Advertidos del futuro que nos espera,
decoramos el jardín, cortamos troncos
y hacemos canteros.
Sentimos nostalgia de lo que perdimos.

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Resisten apenas los amigos más lejanos
en un monte dentro del pueblo,
un enclave, como ellos, a punto de extinguirse.
Las máquinas que rodean el lugar
hacen temblar el tablero de ajedrez,
mientras ellos piensan el nuevo movimiento
y mascan unos ramilletes que extraen
de un piso seco, casi muerto.
Cuando un árbol cae, se sobresaltan,
miran hacia arriba, luego hacia abajo,
y se disponen a mover las piezas más rápido.
De todo lo que fuimos, ahora solamente somos
como todo lo que ya no crece ni da frutos,
lo que está dispuesto a desaparecer.

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Diego Brando. Leones, Argentina, 1987. Poeta, profesor en Lengua y Literatura. En 2016 publicó Frontera por Editorial Vilnius. Ha publicado textos en Jámpster, Op.cit, entre otras revistas. Actualmente prepara un segundo libro mientras trabaja en bioquímica.

La imagen que ilustra este post está basada en una pintura del artista español Diego Benéitez G.