Estatua de sal y otros poemas

Néstor Mendoza

Sobreponiéndose a un hábito tristemente común en nuestro ambiente editorial, Cristina Gutiérrez Leal ve publicado su primer libro, titulado Estatua de sal y otros poemas. El título no era del todo desconocido: este mismo libro había resultado ganador de la vigésima edición del Premio de Literatura J.A. Ramos Sucre, en su mención Poesía, en el año 2015. Ahora y de la mano de la colección Poesía de Dcir Ediciones, podemos leerlo íntegramente, con el aditivo adicional de un apartado de poemas inéditos, entre ellos, el poema «Sé del mar reventando contra un muro», merecedor del primer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas 2017, que también ha encontrado buen puerto, pues fue publicado en forma de libro hace poquísimas semanas junto a los jóvenes finalistas. Dos destacados premios acompañan a Cristina, quien transita la poesía venezolana luego de su retorno al país, a su Coro natal, luego de una larga estancia en Río de Janeiro por motivos académicos.

Nos conocimos en Sartenejas, en marzo de 2011, en el marco de unas jornadas de literatura venezolana. Su juventud era más evidente que ahora y su lectura no mostraba desconfianzas escénicas. Mientras leía su ponencia intenté precisar el origen geográfico de su acento, mezcla de serranía falconiana y residencias merideñas. Luego de finalizar el evento, no hubo cruce de adioses: quizá solo un tímido respeto a larga distancia, retirado y conforme. Esa inquietud hacia ella quedó detenida, en un estado de congelación que duró casi cinco años. Por este y otros motivos pasé por alto sus primeros pasos en publicaciones digitales.

Las apariciones de Cristina son prudentes y enmarcadas en la función creativa. Esto no significa que la poeta habite un territorio indiferente, apartado del desarraigo, nuestro mayor legado del siglo veintiuno. Parte de estas apreciaciones personales se hacen patentes en el poema «Sé del mar reventando contra un muro», retrato de una joven poeta venezolana que asume el país desde una sinécdoque –el mar–, plena y sutilmente asociable al territorio en el cual nació. Cristina dice mar y parece decir país. Cristina viaja, observa y el yo del poema es sugestivo y autoreferencial.

El título que Cristina eligió tiene un conocido antecedente, el poemario La estatua de sal (1947) del chileno Humberto Díaz-Casanueva. No parece haber un hilo común o deudas selectivas entre ambos poetas. Díaz-Casanueva sigue los pasos de la nocturnidad imaginativa con entonación profética y persigue una voz que canta desde oscuras habitaciones. Cristina se enfoca en una personal relectura o adaptación bíblica de la mujer de Lot, asociada principalmente a su mamá, confrontada y convertida en motivo central de este libro. Hay escrúpulos ponderados: sin temor, la figura materna se vuelve elemento flexible.

Los encuentros familiares siguen una senda atormentada. La aparición de la figura materna forma parte de una necesaria etapa de «curación» o sanación entre la progenitora y la hija, tal como lo ha trazado Hanni Ossott en el ensayo «De la cura en el arte», en el cual explica que todo artista ha de pasar por un trance similar para acceder a la tensión lírica (la libertad, la reconciliación, la respiración adecuada). Esta sanación se comprueba con sorprendente atrevimiento en «Arte poética», primer poema de Estatua de sal: maldecir a su mamá como erupción reconciliatoria o lapidación simbólica que hace emerger la emancipación de la hija y la poeta. Si Cristina «mata» a la mujer de Lot también estaría asesinando a una estirpe femenina y una costumbre cristiana de insistente arraigo (por ejemplo, dejar de tener una iglesia en la lengua). Es la corpulencia de la sangre que pesa y pisa a quien habla en el poema. Es un posible tríptico entre la madre, la hija y el reclamo, a tal punto de querer desligarse de algunos lazos definitorios de identidad («Persigo los espacios donde no me parezco a mi origen»). Pero esas huellas de negación hacia su mamá son un costado de un gran cuerpo. Otras zonas diseñan firmes y sobrias declaraciones de admiración: «los únicos milagros que he visto/tienen su nombre».

Cristina transita el verso libre en sus medidas y distribuciones de la hoja en blanco, en poemas de mediana extensión y en algunos casi epigramáticos. También se inclina por el poema en prosa. Su libertad se expresa en la propia indagación íntima y en la selección de palabras de uso coloquial. Ella es el tema de Estatua de sal y otros poemas. Gran parte de esta indagación se basa en el improperio, en la ofensa a sí misma, en declaraciones martirizadas, desde un ambiguo sentimiento de culpa («Somos expertos en caer/pero no en hacernos los ciegos»). Y como una poética de la ausencia, la autora asevera: «La señora Martha Cristina me heredó su segundo nombre, /su adolecer».

Lo más notable de Estatua de sal y otros poemas prevalece cuando no echa mano de la «metapoesía», cuando Cristina deja de ser Cristina y se convierte en efectivo y casi anónimo anuncio de pérdidas, temores y reclamos, coloreado por leves menciones autobiográficas.

 

 

Ars poética

Tengo una casa atragantada
una iglesia en la lengua
repito sus paredes y claustros.
Esta Biblia de la abuela
me ocupa los verbos
este templo casa  prisión  jaula
me inflama el cuello.
Demasiados amenes infectados en la glotis
buscan colarse en mi saliva.
Deletreo p o e s í a,
y escribo Job,
maldito por justo
………………………….,,,,,,,,,,,,(como mi madre).

He venido a hablarle a Dios en su lenguaje,

…………………………….(mi única lengua materna).

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del mar reventando contra un muro
cómo me asusta cuando levanta demasiado su olejae
cuando enfría sus aguas y es imposible.
Sé de gente buena acodada en puentes
contemplo sus miradas cristalinas y la mía se envidria
me siguen enfermando mis ojos litorales
…………………………………….mis costas.
He visto desde un balcón
un río que divide tres paises
abrí ya muchas veces mi puerta para saludar
desconocidos
ya estiré una nueva lengua
ya me senté lo más al norte posible
ya estuve en la última calle de un país
ya fui todo lo insular que pude
ya he puesto toda mi fe en un viaje
ya he querido volver y abrazar
corro tras un nuevo paisaje que se alborote en mis ojos
vivo huyendo de de este lugar que soy
pero el desarraigo no me cura
no me cura.
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:::
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No es contemplación esto que hago
no una mirada absorta no un placer del ojo.

Que miro hacia adelante, sí
incapaz mi cuello paralizado
de esforzarse en algún movimiento
ancorado de tanto vigilar
y mirar hacia los dos lados
solo sostiene mi cabeza y esta mis ojos y estos mi
miopía
para mirar hacia adelante por obligación
…………………..—o cansancio, como sea.

Que no es admiración contemplativa
:::::::::::es lo único que puede mi vista
:::::::::::sin desgastarse  demás.

No voltear no es ya una decisión
es un aliento involuntario

es mi cuerpo ayudándome
o traicionándome.

 

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Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y promotor cultural. Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Realizó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana. Ha publicado los libros Andamios (2012) y Pasajero (2015). En el 2011, recibió el IV Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». Sus poemas han sido incluidos en varias antologías de poesía venezolana. Forma parte del comité de redacción de la revista Poesía y del comité organizador de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). Integra el equipo de colaboradores de la revista Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma.

Texto leído durante la presentación de Estatua de sal y otros poemas (Dcir Ediciones), en la librería El Buscón (C.C.P. Las Mercedes), Caracas, 14 de noviembre de 2017.