Editorial

En la ciudad francesa de Lyon (1538), los hermanos Trechel se encargaron de llevar al papel las xilografías de Les Simulachres et historiées faces de la Mort, o Danza de la Muerte de Hans Holbein. Con ese cambio de soporte, de la madera al papel, lograron un acontecimiento de relevancia historiográfica: mostraron al público de la sociedad europea de mediados del siglo XIV la proyección visual de una inevitable realidad que, al materializarse, iguala a los cetros de los reyes con las palas de los enterradores. La muerte, y la inminencia de su advenimiento a nuestras vidas, es la primera lectura que recibimos de Holbein y su Totentaz. Sin embargo, en esos detallados grabados subyace otra visión: la posibilidad de un movimiento contrario a la reacción que produce la presencia de lo fatal. Lo que a primera vista puede impresionarnos como una estampa macabra de nuestro fin, es también una invitación a la valoración consciente del presente y la existencia que diariamente vemos amenazada.

Atestiguamos a través de las pantallas la suma de operaciones económicas, políticas y criminales, que reproducen de manera serial, violencia, confrontación y enfermedad; observamos cómo la tecnología del poder impone al individuo un condicionamiento que lo disocia de su realidad, de sus semejantes y de sí mismo, dejándolo en la angustia por alcanzar patrones estéticos normados por lo insustancial: el hueco heroísmo de la irreverencia. La muerte danzante de Holbein solo se ha transfigurado, pero su cometido es el mismo. Urge una actitud que contrarreste la bulla enloquecedora con la que unimos un día a otro dislocando nuestra atención, mientras acompasamos automáticamente nuestras emociones al eco de la percusión a cuyo ritmo la muerte ajusta el movimiento de sus huesos. Urge, actualizar el silencio que nos permita escuchar la resonancia de nuestras propias voces y no la reiteración que inconscientemente percutimos como ruido a través de la lengua.

Dentro de una sociedad como la actual, hinchada de estas urgencias y conflictos, creemos que al igual que la muerte, prefigurada en los grabados de Holbein, la poesía es un recordatorio de nuestra existencia; una oportunidad constante para la valoración del presente y nuestras vidas. El tiempo de hoy requiere inteligencia y sensibilidad. No hay otra dirección. POESIA, más que una revista, ha sido una escuela, un encuentro y un espacio de transformación permanente que siempre ha hollado en esa vía. Melchior y Caspar Trechel se encargaron de dar el paso de la tabla al papel; ahora, salvando las distancias, después de 45 años y 160 números publicados, de la mano con Holbein y nuestra tradicional edición impresa, POESIA continúa su expansión del papel a la pantalla del monitor, la tablet, y el teléfono celular, ofreciendo a sus lectores lo mejor de la poesía y la teoría poética.

Los poetas comparten un impulso que se materializa artísticamente. Ajena a las cataratas y demás degeneraciones visuales, la mirada de POESIA siempre ha sido esférica e inclusiva, teniendo como criterio la calidad de esa materialización a través del arte. Afortunadamente, el generoso amparo de la Universidad de Carabobo la ha protegido de la espectacularidad, de la farándula, el esnobismo y el lobby literario. POESIA permanece autónoma en su línea y criterio editorial, siempre inasible a los anillados dedos de algunos licenciados y escribidores inescrupulosos que tantas veces han apostado a su desaparición. POESIA forma parte del espíritu de la Universidad. Es un espacio para la divulgación del pensamiento libre. Nuestra revista no ha estado parcializada a exclusivos intereses coyunturales o gremiales: solamente ha procurado ser fiel al libre y riguroso proceso creativo.

Ofrecemos nuestro más profundo agradecimiento a nuestros lectores en todo el mundo, a la Universidad de Carabobo y su Dirección de Cultura, y a todos quienes han hecho posible la vida de POESIA que durante los últimos años ha sido de resistencia; la misma que heredamos de nuestros pueblos originarios que por siglos han soportado el maltrato y la indiferencia a su cultura y sus saberes. Junto a esos pueblos que han sabido mantener una relación con lo esencial de la naturaleza, compartimos y asumimos como dirección un fragmento de la sabiduría de la etnia Wayúu, que ilustra nuestra convicción por la búsqueda y el resguardo permanente de la vida que subyace en las manifestaciones artísticas. Con ellos comulgamos: Aquellos que saben creen en eso. Aquellos que nada saben no creen. Nosotros que sabemos, creemos…

Víctor Manuel Pinto